Correr en plena ola de calor

Reto 10K: Correr en plena ola de calor… y no morir en el intento

Jueves, 7 de la tarde, día de entrenamiento. Mi aparato de aire acondicionado lleva encendido desde prácticamente primera hora de la mañana y tengo verdadero pánico a apagarlo. Aun así, me visto con mi uniforme oficial de runner consciente de que la optimista que llevo dentro hoy está en la border line entre optimismo y temeridad.

Miro por la ventana dispuesta a salir a correr. Espera, espera (me alerta sabiamente mi conciencia). No hay ni gatos en la calle. Será por algo, ¿no? Según mi teléfono móvil, afuera la sensación térmica es de 38 grados y mentalmente imagino cómo sería intentar correr con esa temperatura sin morir por combustión espontánea. Complicado. Y desagradable. La sensación es tan real que se me pone mal cuerpo. Miro a mi alrededor en busca de respuestas. ¿Espero? ¿Me cambio? ¿Sustituyo entrenamiento en el infierno por clase de zuma indoor como en los tiempos del confinamiento? Miro a Furia y me ignora por completo, tirado sobre la mesa del salón con la lengua fuera, – gesto que me confirma que se encuentra al borde de la muerte – Pobre. No debe ser fácil regular tu temperatura corporal cuando cuentas con esa suave capa de abundante pelo. Cualquier día lo llevo a la peluquería y lo convierto en un gato sphynx.

Me termino de convencer de que es imposible salir a la calle cuando finalmente abro una ventana y un bofetón de aire caliente me golpea en toda la cara. Como cuando te estás secando el pelo, apuntas erróneamente con el secador y te pegas un inesperado y desagradable quemazo en la cara que te deja la expresión de haber chupado un limón durante un buen rato. Cierro la ventana a toda prisa y vuelvo a mi sofá. Será mejor hacer tiempo hasta que el calor amaine. O eso me digo para autoindultarme, porque en el fondo sé positivamente lo que terminará ocurriendo.

20.30horas. Se me apodera el cargo de conciencia y tengo la impresión de que hace algo menos de calor. Apago el aire y abro la ventana del salón. Efectivamente, parece que sí, pero también parece que va a empezar a llover en cualquier momento y no poco, precisamente. Venga va, hay que intentarlo. Y en lo que tardo en ir a mi habitación, coger la cartera, las llaves y el móvil, empiezan a sonar los primeros truenos de una tormenta que parece que me espera impaciente en el bar de abajo, dispuesta a descargar en cuanto ponga un pie en la calle. Y aunque no lo hago, comienza a llover, y lo hace con unas ganas, que me alegro infinitamente de haberme quedado en casa. Porque si ya me parecía un riesgo correr con 38º grados a la sombra, correr bajo la lluvia me parece todavía más riesgo, teniendo en cuenta que la última vez que tropecé sobre suelo mojado terminaron uniéndose a la fiesta la policía local y una ambulancia.

Apoyada junto a la ventana, disfruto del placer que para mi sentido del olfato supone el olor a tierra mojada. ¿Hay algo mejor en el mundo? Bueno sí, la caña y la bolsa de patatas de después de entrenar no están tan mal… Pero me parece que hoy voy a tener que aparcar esos placeres. Está claro que, con esta dichosa ola de calor, o salgo a entrenar a primera hora de la mañana, o pretender hacerlo en algún momento del resto del día es más peligroso que jugar a la ruleta rusa. Tengo el fin de semana por delante, así que puedo intentarlo, al menos.

Además, tengo mis plantillas supersónicas al fin y todavía no sé qué superpoder me van a conceder. Estaría bien correr más, pero mi mutante favorita siempre fue Tormenta así que, si tuviera que elegir, preferiría poder controlar el tiempo. Así, por ejemplo, el cielo se hubiera cubierto cuando saliese a correr y habría ordenado a la tormenta descargar durante la noche, para que por una vez el calor nos diera una tregua y pudiéramos pegar ojo.

Mañana sábado lo sabré, pero intuyo que no va a ser este mi superpoder así que habrá que conformarse con el que me toque. Aunque bueno, si me tocan las garras de adamantium de Lobezno tampoco nos vamos a quejar. Así podré jugar con Furia en igualdad de condiciones, que siempre me gana la partida.

correr en vacaciones

Reto 10K: Haciendo amigos por el Piri

Hacer deporte en vacaciones es un propósito noble, o ingenuo, según se mire. El caso es que fue el que decidí adoptar la semana pasada cuando al hacer mi maleta, decidí meter en ella mis zapatillas de running. La suerte estaba echada.

Al llegar a mi destino vacacional, buenas sensaciones. Localicé un posible recorrido y fijé mentalmente un horario para entrenar al día siguiente, e incluso al otro, si me terminaba viniendo arriba. El resto del día lo dediqué a comer. Ya quemaría calorías mañana.

Martes 14 de julio. Ocho de la mañana. Preparada para correr. Quizá no tan preparada para hacerlo con los apenas 20 grados que debe de haber ahí fuera, pero es lo que tiene el Pirineo, y parece mentira que no lo sepa habiendo venido un millón de veces en verano.  Afortunadamente la maleta de mi hermana es como el bolso de Mary Poppins y saca de ella una sudadera y un cortavientos que me presta. Ahora sí. Lista para correr.

Un soplo de aire fresco venido directamente desde Peña Telera me despeina al poner un pie en la calle. ¡Ay Pirineo, cuánto te echaba de menos! Continúo calle abajo tratando de hacer el recorrido fijado en mi memoria y a la segunda curva me doy cuenta de que no reconozco el terreno. Malo (y difícil) será que me pierda…  Voy despacio, con cuidado de no hacer demasiado ruido porque las calles están desiertas y tengo la sensación de que si empiezo a hiperventilar voy a despertar a alguien.

Me cruzo con un grupo de gente con pinta de senderistas. Les doy los buenos días y todos me contestan amablemente… todos, salvo el perro, al que no le he gustado nada de nada y comienza a ladrarme gratuitamente de forma intimidante. Me hago la sorda, intento continuar, y busco con desesperación a su dueño entre el grupo de senderistas. Lo llama y no le hace ni caso, el bicho sigue ladrándome y yo empiezo a acongojarme. No si al final me muerde el dichoso perro, verás tú…. Llega corriendo, lo coge del collar y se lo lleva entre reprimendas mientras se disculpa reiteradamente ante mí. Yo intento recuperar mi dignidad diciendo que no ha sido nada y arranco a correr a lo loco para alejarme de aquel bicho endemoniado que me ha hecho sudar más en dos minutos que en todo el entrenamiento.

Acabo en una calle estrecha con casas de piedra a derecha e izquierda y frondosos geranios en los balcones. Bajo el ritmo para admirar la estampa, y porque, con honestidad, el flato no me deja vivir. La arrancada para huir del perro maldito ha tenido consecuencias. Pero como no me ve nadie y al fin y al cabo estoy de vacaciones, paro sin demasiados remordimientos de conciencia. Se acerca a lo lejos un simpático gato negro al que parece que le gustan los turistas. Espero caerle mejor que al perro de antes y parece que lo consigo. Se acerca a mí con intención de que le rasque la cabeza y observo que lleva a modo de collar una especie de pajarita. Qué elegante, oye. Continúo mi camino y hasta me sigue unos metros. Me entra la risa y como no, estoy a punto de caerme. Un día de estos mi pisada supinadora me va a costar un esguince de tobillo…

Continúo corriendo un par de calles más y llego al apartamento sin saber muy bien cómo. 20 minutos corriendo. Creo que lo dejo aquí. Ha sido un cuasi-entrenamiento, pero el día es muy largo y hoy toca pasar la mañana recorriendo el Portalet así que mejor guardar fuerzas.

Al llegar al apartamento, un festival gastronómico se abre ante mis ojos con un desayuno nivel top con el que creo que ingiero más calorías de las que había quemado. ¡Qué más da! Estoy de vacaciones y los excesos están permitidos. Ducha y hacia el Portalet, donde, por cierto, continúo haciendo amigos del reino animal y una yegua me sigue pradera arriba hasta que consigue hacerse con mis preciados anacardos. Hay cosas extraordinarias que solo pasan en el Piri. 

Correr en Zaragoza

Reto 10K: Ser runner no se valora lo suficiente

Ser runner (o intentarlo) no se valora lo suficiente. Esta fue mi conclusión del entreno de esta semana, que, por cierto, he de decir, fue mejor de lo esperado. Por una vez, fui capaz de mantener el ritmo constante y no acelerarme como es habitual. Que yo no sé qué maldita costumbre tengo de echar a correr como si me hubieran robado el bocadillo en el recreo. Pero vayamos por partes y empecemos por el principio.

Miércoles, 19.30hs. El cielo amenaza con romper a llover de un momento a otro, pero ya me he cambiado y tengo planes de ocio jueves y viernes, así que es ahora o nunca. Elijo ahora y salgo de casa con una buena dosis de motivación. Todavía no tengo mis ansiadas plantillas así que trato de mentalizarme de que debo ir despacio y parar si aparecen los dolores. Que por otro lado la semana que viene me voy de vacaciones y sería de traca disfrutarlas estando lesionada. Así que, sin pausa, pero sin prisa, salgo de casa en dirección hacia el Paseo Echegaray, pero esta vez, en dirección opuesta a la habitual para coger el Camino Natural del Ebro.

Tengo la impresión de que me cruzo con menos gente de la habitual haciendo deporte, y entonces caigo que estamos a 8 de julio y que, aunque la “nueva normalidad” de nueva tiene mucho, pero de normal tiene poco, lo cierto es que se nota que hay gente de vacaciones.

Continúo mi camino sin dolores, pero con mucho calor, más del que me esperaba cuando elegí ponerme mallas largas. Epic fail, está claro. El caso es que de repente mis auriculares se quedan en silencio y paro súbitamente irritada y desconcertada ante tal contratiempo. ¿Qué ha pasado? Las señoras jubiladas del banco de al lado cesan su conversación y guardan silencio mientras me miran con tal atención que me siento como la protagonista de aquel culebrón que veía con mi abuela cuando era pequeña y que tenía nombre de piedra preciosa. ¿Diamante? Ah no, Rubí, creo que se llamaba. En fin, que me he quedado sin batería en los auriculares así que no queda otra que continuar el entreno sin música. Sigo mi camino y dejo a las señoras con cara de querer saber qué ha pasado entre Cristina y José Alfredo.

Y claro, sin música ni compañía, tengo dos opciones, poner a mi cerebro a centrifugar para intentar solucionar los problemas del mundo, o simplemente correr y disfrutar del paseo. Pero cortocircuito y elijo la opción A. Hoy va la cosa de epic fails en cadena, parece ser… Pero como el calor aprieta, dejo la física teórica para otro rato y pongo el foco en el hecho de lo poco que se valora socialmente al runner. Que alguien practique golf, patinaje, rugby o incluso petanca, mola, pero, ¿que corra? Como todos tenemos dos piernas, cualquiera puede correr.

Pues no, señores no es así. Que ser runner tiene lo suyo y hasta que le coges el punto, pues divertido, lo que se dice divertido… no es. Duelen las piernas, las rodillas, las plantas de los pies, hace frío en invierno y calor en verano, si es verano además te acribillan los mosquitos tigre… y como eso hasta que no empiezas a correr no lo sabes, tampoco lo valoras. Así que, rompamos una lanza en favor de todo aquel que nos diga que sale a correr. Aunque sea una vez a la semana y unos tristes 6kms de media como una servidora. Que mi esfuerzo me cuesta.

Termino mi alegato mental en favor de los runners cuando me adentro en el Camino del Ebro. El cambio de superficie merece toda mi atención si no quiero perder el tobillo en una de mis extrañas zancadas supinadoras. Procuro mantener el ritmo, pero creo que involuntariamente lo bajo por miedo a tropezar y sin embargo noto que me cuesta más esfuerzo avanzar.

Miro mi aplicación en el móvil. 3,1kms. Momento de emprender el camino de vuelta a casa si no quiero pasarme y volver reptando como una culebra. Así que eso hago. A mitad del Paseo Echegaray el señor flato llama a la puerta. Vaya por Dios, no había venido ni se le esperaba, pero se ha pasado a saludar. Pues no me da la gana. Aprieto el abdomen y también los dientes, y continúo. Afortunadamente 50 metros más adelante un semáforo en rojo me obliga a parar y me devuelve a la vida. Será el karma, que a veces se porta un poco.

Llego a casa más cansada de lo esperado, pero contenta dentro de lo que cabe y dispuesta a mostrar mis respetos a cada nuevo runner que conozca desde hoy mismo. De momento, me voy a tomar una semanita de descanso para perderme en el paraíso entre montañas y cargar pilas. Aparco el reto 10K, pero volveré. ¡Vaya que si volveré!

Reto 10K: Episodio II – El ataque de los guantes

Jueves. Día de entrenamiento. Y hoy toca ración doble porque el de la semana pasada me lo salté a la torera. Que no fui yo, ¿eh? Que fueron un cúmulo de circunstancias irreparables: un día que si la ola de calor africano, otro que si llueve, otro que si tengo la nevera como la de un piso de estudiantes y tengo que ir a comprar… total, que uno por otro, la casa sin barrer.

Así que el jueves me levanto motivada, temprano incluso, y pensando en que por la tarde toca salir a correr. Inocente… no imaginaba la que me tenía guardada el universo. Me pongo a hacer la cama para dejar mi habitación recogida antes de trasladarme a la oficina ubicada en el salón y en esto que no llego bien a la caja en la que guardo las sábanas que está encima del armario. Necesito una silla. Claro, una silla. Pero no podía coger una silla del salón, no, mejor cojo la de ruedas que tengo en mi habitación y que está más a mano. Qué más da que tenga ruedas y mi santa madre me haya dicho un millón de veces cuando era pequeña que no me subiera de pie en la silla de ruedas porque deslizaba… Así que, me subo a la silla, me pongo de puntillas, tiro de la sábana para sacarla de la caja, la silla se mueve inesperadamente y me caigo de morros al suelo. Increíblemente sigo de una pieza, pero me duele todo el cuerpo y no lloro por dignidad, que no por falta de ganas.

Como consecuencia de tan estrepitoso golpe, camino raro el resto del día y casi diría hasta que cojeo. Las 7. Pues no sé yo si estoy pa’ correr, oye – le digo a Miyagi en un audio de Whatsapp. María-San siempre con excusas, me contesta sin remordimientos. ¡Será …! Pues le digo que así, va a correr Rita. Que me duele la pierna y punto. Y a continuación me dice que ok, que descanse, que además como se marcha el sábado a Okinawa tiene que recoger la casa y hacerse la maleta. Vamos, que lo que no tenía este hombre eran ganas de correr.

Así que me siento en el sofá y pienso en merendar algo, y al abrir la nevera soy consciente de que vuelve a estar vacía. Definitivamente hay alguien que entra mi casa por la noche. ¿Cómo puede ser? Así que con toda la pereza del mundo decido que la única forma de remontar esa improductiva tarde es yendo al súper.

Llego con mi mascarilla y me detengo en el ya habitual punto de higienización de la entrada. Donde el gel hidroalcohólico y los guantes, vamos. Pero uy, que no son guantes… ¡que son bolsas para las manos! Muy bien, muy prácticas y super fáciles de poner. Sobre todo, porque lo de bajarte la mascarilla, chuparte el índice y despegar la puñetera bolsa no se puede hacer. Así que me tiro diez minutos de reloj en la puerta del súper discutiendo con esa maldita bolsa-guante ante la impasible mirada del guardia de seguridad, al que le veo reírse bajo la mascarilla. Total, que al final me harto y me aventuro a cruzar la línea y llevar un solo guante. A lo loco. Que llevo diez minutos ahí y me van a cerrar el super, al final.

Así que me pongo a recorrer pasillos con mi mano enguantada. Y doy una, dos, tres y hasta cuatro vueltas por el mismo pasillo buscando la dichosa lejía. Y doy otras tantas buscando bolsas para los tomates. Porque tiene narices la cosa, hay bolsas para las manos, pero no para los tomates. El mundo se va a la mierda. Continúo dando vueltas por los pasillos del laberíntico súper hasta que lleno la cesta. Llego a la caja, y el guante se pone bailongo y hace que se me resbale de la mano todo lo que saco de la cesta. El guacamole decide bajarse de la vida y sale por los aires, pero el chico de la caja está rápido y lo coge al vuelo. Resulta que tiene superpoderes y no me había dado cuenta hasta ahora. Vacío (al fin) la cesta, me quito la puñetera guante-bolsa maldiciendo y pago la compra con una sonrisa.

Llego a casa más agotada que si hubiera salido a correr con una idea clara en mi pensamiento: hasta que no cambien las bolsas por guantes, no vuelvo.

Reto 10K: Cuestión de supervivencia

Jueves, día de entrenamiento. Debería haber entrenado el martes, pero entre que el cielo gris amenazaba lluvia y que Miyagi estaba lesionado y no podía acompañarme, terminé por descartarlo.

Así que salgo de casa optimista, con ganas de correr, pero la alargada sombra de mis dolores de la semana se cierne sobre mi cabeza, a sabiendas de que no debo forzar porque hay una fascitis plantar incipiente en mi pie izquierdo y todavía no tengo conmigo las plantillas que espero que cambien mi vida como runner.

Así que, sin prisa, pero sin pausa. Pero cuando llego a Echegaray, por algún extraño motivo mis piernas se aceleran y mi cabeza olvida por completo lo de ir despacio. Consecuencia: quince minutos más tarde comienza el flato que intento retener como de costumbre, apretando como si quisiera cortar una hemorragia provocada por una herida de bala. Puedo aguantarlo, así que continúo ribera arriba intentando distraerme, observando a la gente haciendo yoga en pequeños grupos y pienso porqué no estaré yo también tumbada en la hierba relajándome en lugar de estar apretándome el costado. Cuando por fin parece que comienza a desaparecer el flato, mi cuerpo emite una nueva señal de alerta. El viejo dolor en la rodilla ha vuelto a escena y a este no lo contengo por mucho que apriete. Así que no me queda más remedio que parar en medio de mi frustración y continuar caminando. Pero el partido no podía quedar así y en cuanto ambos dolores cesan del todo, vuelvo a intentarlo de nuevo.

Esta vez a un ritmo más controlado, que me permite disfrutar de la puesta de sol con el Pilar de fondo y reconocer y saludar a mi tío Edu entre la multitud, algo nada fácil porque la ribera está que parecen Fiestas del Pilar. Continúo por el Puente de Hierro, y enfilo Echegaray de nuevo, esquivando bicis, viandantes, patinadores y mosquitos. Que esa es otra. ¡Hoy van a dar! A pesar de haberme “fuñigao” en Relec antes de salir de casa, cuento ya tres impactos por mosquito: uno en el ojo y dos en la cara e intuyo que el próximo va a acabar en merienda… y así es. ¡Qué asco! En fin, proteína, al fin y al cabo. Continúo corriendo y vuelvo a parar un poco más adelante. Me duele la pierna y hasta cojeo. Definitivamente, o dejo de correr y me voy a casa o continúo caminando. ¡Ay si Miyagi me viera por un agujerito qué bronca me hubiera echado! Pero qué le voy a hacer si soy terca como buena aragonesa.

Decido sobrevivir, y ello implica continuar el resto del entrenamiento caminando. A buen ritmo, eso sí. Nada de ir de paseo. Y de nuevo me encuentro con gente. Turno para mi amiga Eli, su pareja y su pequeña India. Casi nos ha costado reconocernos con las mascarillas y mi disfraz de runner. Me alegro de haberlos visto. Continúo hasta el puente de Santiago y doy la vuelta en dirección a casa, tentada a intentar correr una vez más, pero sé que no tiene ningún sentido ignorar las señales de mi propio cuerpo. Así que aplico la cordura y me limito a caminar. Estoy a punto de llegar al coso cuando recuerdo que me he olvidado de la foto que tendrá que acompañar este post, así que doy media vuelta hasta el Puente de piedra. Hago lo que puedo teniendo en cuenta que la fotografía no es lo mío y, ahora sí, emprendo el camino de vuelta a casa.

Casi dos horas después de haber salido de casa, vuelvo a cruzar la puerta entre maullidos descontrolados de mi señor gato, que me reclama la cena con insistencia. No tengo ni idea de cuántos kilómetros he corrido y cuántos he andado, pero he logrado aguantar a pesar de los dolores y decido recompensar mi esfuerzo con una cervecita en la ventana como en los tiempos de confinamiento. Solo por esto merece la pena entrenar, o intentarlo, al menos.  

Reto 10K: Pisar o no pisar, esa es la cuestión

Es día de entreno y mi cuerpo lo sabe. Bueno, en realidad Miyagi se encargó de recordármelo ayer con una misiva en forma de whatsapp de la que se podía extraer que no tendría piedad conmigo al día siguiente.

El caso es que, pese a esa amenaza latente, noto las ganas de entrenar, de salir a correr un poco más que el día anterior y darlo todo y esa sensación me gusta y mucho. Llego a nuestro punto de encuentro habitual en la Expo y me encuentro a Miyagi esperándome con camiseta negra – afortunadamente –. Gracias, Migyagi. El sol me venía cegando todo el camino y lo último que necesitaban mis pupilas era tener que enfrentarse a una camiseta fluorescente.

Tenemos el cierzo de cara, así que le propongo cambiar de ruta. “Chica lista María – San. Hoy ruta nueva. Miyagi probar ayer recorrido”. No se le escapa una a este hombre, oye. E iniciamos el trote adentrándonos por sendas entre matorrales, árboles, flores y piedras. Me llevo sutilmente una mano al costado porque noto un leve pinchazo, pero me descubre. “¿Ya pinchazo María-San? No llevar ni 200 metros” Sonrío con ganas de ponerle la zancadilla por esa dosis de innecesaria sinceridad mientras anoto mentalmente: Miyagi es en realidad un camaleón con visión 360º.

Seguimos adentrándonos entre la vegetación, y cambio la necesidad de contener el pinchazo, por la de cortarme la pierna izquierda. Me duele la rodilla y el pie con cada pisada y no le encuentro una explicación lógica. Me pregunta si estoy bien y finjo que sí con una dignidad impostada. Continúo corriendo, saludando a los viandantes con los que nos cruzamos, observando el bosque propio de una película de Tim Burton en el que nos encontramos… pero no puedo más y me pilla de nuevo. “María-San duele pierna. Pierna izquierda. Deber parar. Cuerpo sabio emite mensajes que no querer escuchar”. Paramos, me mira con cara de reprobación y continuamos caminando mientras me explica con sumo detalle qué me está pasando. “María-San pisar mal. Pisada, importante. Deber buscar respuesta. Primero, acupuntura para aliviar dolor”. Su consejo me arranca una sonora carcajada, pero admito que me hubiera decepcionado tremendamente si me hubiera recomendado tomar ibuprofeno como un occidental cualquiera. El caso es que no he probado la acupuntura en mi vida y soy bastante aprensiva con las agujas, pero ha tenido tanta gracia que igual hasta me lo pienso.

El dolor cede y arranco a correr de nuevo. “¡Venga, que ya no me duele!” Miyagi suspira negando con la cabeza “María-San ser terca como perra. No entender nada”. “¿¿Cóooooomoooo?!” – contesto con cara de Emoji ojiplático – “Perro animal más terco en horóscopo chino” “Ah, bueno…” Y la conversación acaba súbitamente cuando de nuevo tengo que parar por culpa de otro pinchazo en la rodilla.

Miyagi gana la partida y damos por finalizado el entreno de hoy tras unos tristes 3kms. No sé si soy terca como una mula o como un perro, si es cosa de la pisada o si el remedio está o no en la milenaria sabiduría de la acupuntura china, pero lo que sí sé es que me duele la rodilla y me cuesta caminar, así que no puede ser bueno en la vida que intente seguir corriendo.

“¿Servesita?”, me pregunta al llegar de nuevo a la Expo. Será chino, pero el tío no perdona una Ambar. Nos la tomamos a un ritmo un poco más rápido de lo habitual, porque, aunque Miyagi ha adoptado muchas de nuestras costumbres como propias, parece que es reticente a eso de “coger una chaqueta por si luego refresca” y se está quedando tieso, el pobre.

De vuelta a casa, el karma decide compensar mis dolores con una bonita puesta de sol a la altura del puente de la Almozara. Miro mi reloj, las 21.15. Mucho antes de lo habitual. Así que aprovecho para hacer una visita sorpresa a mis tíos a los que hace tiempo que no veo.

Entro en casa pasadas las 22.30hs pero con una sonrisa. Me duele la pierna, pero no hay mal que por bien no venga.

Reto 10K: 7.000 metros. Sola y en verano

Martes. Día de entrenamiento. Miyagi ha tenido un percance cambiando la rueda de su bicicleta y me dice que llegará tarde, pero yo tengo demasiadas ganas de salir a correr como para estar esperando, así que me lanzo a recorrer el meandro yo sola.

Está nublado y el bochorno persiste. Parecía que iba a hacer menos calor del habitual, pero hace el mismo que la semana pasada. Afortunadamente los mosquitos parecen haberme dado una tregua… o eso, o el antimosquitos que me recomendaron por ser “capaz de ahuyentar incluso a las personas” es verdaderamente eficaz. El caso es que sigo corriendo sin preocuparme por ellos, conteniendo leves amagos intermitentes de flato que no van a más y disfrutando de todo lo que sucede a mi alrededor. Porque parece que, aunque hoy hay menos gente corriendo, los alrededores del meandro se han llenado de vida. Hay gente paseando, alimentando a los patos, montando a caballo, niños en bici, perros recorriendo obstáculos, gente tomando algo en terrazas que hasta ahora permanecían cerradas… incluso unos insensatos en bañador lanzándose al agua. Sin comentarios. Como dice la madre de un amigo mío en su inmensa sabiduría: “El que nace tonto, no es pa’ un día”.

El caso es que sigo adelante, acompañada por una nueva y acertada selección musical cortesía de Spotify y en ese momento Miyagi me pregunta donde estoy. Se sorprende cuando le digo que estoy a la altura de la Torre del Agua: “Hoy ir fuerte, María-San”, dice. Puede ser. Llego a mi destino, doy la vuelta y me cruzo con él y su camiseta del Sol naciente. Me va a dejar ciega un día de estos. Seguimos corriendo de vuelta e incluso hablando, (un logro que hace tres semanas era impensable) Pero… oh, oh… al llegar al Palacio de Congresos tengo que parar porque mi pierna izquierda no responde. Me venía molestando todo el camino, pero creo que mis ganas de darlo todo habían estado haciendo oídos sordos a ese extraño dolor que tiene pinta de ser muscular y que me convierte súbitamente en el pirata patapalo. Volver a casa en taxi se empieza a perfilar como una opción…

Estiramos, cervecita exprés y emprendo el camino de vuelta a casa. Parece que en este rato mi pierna se ha recuperado, así que descarto lo de volver en taxi o tranvía y me lanzo a caminar a buen ritmo. Ilusa. En Echegaray vuelven los dolores, pero estoy al teléfono con una amiga y nuestras tonterías varias hacen que sean más llevaderos los pinchazos que experimento. Está claro que hay amigas que son como el Jägger, porque con ellas te olvidas de todo.

Llego a casa como puedo pensando en qué tengo en la nevera para cenar, hasta que veo la luz. No la del final del túnel, sino la del Museo de la Tortilla, que todavía está abierto. Mi salvación. Ya en mi sofá, disfruto de esos dos pinchos de tortilla de patata con cebolla recién hechos, mientras, a falta de la clásica bolsa de guisantes congelados, me pongo la funda para enfriar el vino en la pierna y mi señor gato me cuestiona con estupefacción. 

Viene a mi memoria el título de un libro que le regalé hace tiempo a mi padre del montañero Fernando Garrido: “8.000 metros. Solo y en invierno”.  Seguro que él también se comió un pincho de tortilla al regresar. 

Reto 10K: Los mosquitos contratacan

Martes. Toca entrenamiento con el Señor Miyagi y me levanto que no puedo ni con las pestañas. En los últimos seis días he dormido una media de cinco horas diarias y la falta de sueño se nota. ¿Pruebo a ponerle alguna excusa? Es tan listo que fijo que me pilla. Le cuento la verdad y… y acabo cediendo a su chantaje emocional “María San sabrá, pero recuerdo que querer hacer 10K y para eso deber ir con ganas y motivada” Touché. No es listo este Miyagi ni nada.

Afortunadamente los macarrones con tomate y bien de queso del mediodía y la cabezadita en el sofá me dan un chute de energía inesperado que hace que vea el entreno de por la tarde de otra manera.

19.20hs. Hora de salir de casa y caminar hasta la Expo para llegar justo a las 20hs.

Llego bajo un sol abrasador que apenas me deja abrir los ojos (raro que en esta situación no me haya tropezado con nada) pero Miyagi no aparece. Y yo que pensaba que en el lejano Oriente eran puntuales… me siento al sol y estoy tan a gusto que ya no me preocupa tanto que no venga. Ley de Murphy. Aparece al fondo con una camiseta fluorescente que me hace la rata como cuando en los tiempos de instituto nos entreteníamos con el reflejo del sol en el reloj para fastidiar a algún compañero. Según me acerco veo que viene equipado como si viniera de un trail por el Tíbet con un chaleco portabidones. Antes de que pueda darle las gracias por el detalle del agua fresquita, mira hacia arriba y a continuación suelta “Sol de cara, cambiar ruta. ¿Empezar?” “Si, sí, voy”. No pierde el tiempo este hombre. Contesto y arranco a trote cochinero. Me pregunta cortésmente por la semana y … ya la hemos liao’ “Flato is back”. ¿Cómo? ¡Pues de eso nada! Me aprieto el abdomen como si contuviera una herida de bala del calibre 22 y en menos de lo esperado desaparece. ¡Ja! María 1 – Flato 0.

Y nos adentramos en el meandro una semana más. Y parece que hay menos gente. Y hasta menos mosquitos. O a lo mejor simplemente estoy sufriendo menos que la semana pasada y lo veo todo de otra manera, que puede ser, porque a continuación me ataca un mosquito a traición en el ojo y me obliga a parar. Me hurgo en el ojo sin éxito y continuamos trotando. Puedo correr con visión completa en un solo ojo, que tengo sangre de Teruel, joer.

Miyagi mira su reloj y me manda aflojar el ritmo varias veces. Que me acelero, dice. Para un día que no me quejo, ahora resulta que también es malo venirme arriba… “¿Camino corto o camino largo” – me pregunta al llegar a una bifurcación – “¡Largo!” – contesto ingenua de mi – y continuamos hacia delante acompañados por la voz de Marc Anthony que sale de mis auriculares a un volumen inesperadamente alto recordándonos que la vida es un carnaval.

Empiezo a arrepentirme de haber elegido el camino largo y le pregunto si queda mucho. Miyagi me dice que no, que quedan unos 2.5kms y medio. Mátame camión. ¿Aún? Pero si llevamos más de media hora corriendo… A pesar de eso se me hacen cortos, entre otras cosas, porque Miyagi para antes de lo esperado diciendo que no puede más. “¿Pero esto qué es lo que es?” pues vaya sensei me he echado… a ver si lo voy a tener que poner a dar cera y pulir cera yo a él… Decido ser benevolente cuando me explica que el día anterior ha corrido 10 kilómetros a buen ritmo mientras me ofrece un botellín de agua fresquita. Tampoco pasa nada por haber hecho solo 5 kilómetros hoy. Además, me quedan 3kilómetros más de vuelta caminando y hay que guardar fuerzas para no volver reptando a casa.

Estiramientos post entreno, cervecita de rigor y bolsa de patatas mientras literalmente nos devoran los mosquitos a través de las mallas, incluso. Eso no son mosquitos tigre, ¡son mosquitos cocodrilo!.El próximo día me fumigo en citronela y hago lo propio con el Señor Miyagi, le guste o no. Si el flato no pudo conmigo no vais a poder vosotros, ¡malditos! Tengo una 10K a la que llegar motivada y con ganas y como siga así la hago dando palmas.

Reto 10K: Como Daniel LaRusso en Karate Kid

Diez días después de que los astros se alinearan y me pegara el castañazo de mi vida en plena calle, decidí que había llegado el día de volver a calzarme las mallas y las zapas y salir a correr desafiando a mis propios dolores que todavía hacían acto de presencia.  No estaba nada segura de si sería un gran éxito o un fracaso de iguales proporciones, pero había que probar. La vuelta a los escenarios bien merecía la aparición de un invitado estelar, así que logré engañar a un amigo para que hiciera de liebre. Pero lo que el pobre no sabía es que le iba a tocar hacer de liebre, de sparring y hasta de experto en coaching, si me apuras.

Comenzamos corriendo en la Expo y al llegar al meandro ya hubiera parado si no fuera por la vergüenza que me daba reconocer que no podía ya más. Bendita vergüenza, que unida a los consejos, jaleos y vítores de mi paciente amigo me hizo llegar hasta nuestro destino entre algún que otro quejido por mi parte. “Te doy dos minutos para que te recuperes y mientras yo sigo corriendo”, dice mi amigo. Yo no tengo fuerza ni para contestar. Musito un “Tira, tira” ininteligible mientras centro toda mi atención en seguir respirando y apartar mosquitos. No había terminado de volver a la vida cuando aparece indicándome que me dé la vuelta y arranque a correr de nuevo. “¡¿Yaaaa?!”, contesto con cara de desesperación mientras asiente y me mira con una serenidad propia del Señor Miyagi (y temo que me haga dar cera y pulir cera al llegar a nuestro destino).

Parece que la vuelta está siendo más “fácil” que la ida, hasta que me confío y… ¡zasca! Pinchazo a traición en forma de flato en el costado. Tengo que parar súbitamente. Un «epic fail» en toda regla. “Sigue, sigue tú”, le digo mientras llego a la conclusión de que eso no es flato, ¡eso es que me están haciendo vudú! Sin embargo me recupero rápido y decido volver a trotar. Al cabo de un rato mi amigo vuelve aparecer por allí corriendo, pero fresco como una lechuga. Me mira con cara de sorpresa cuando me ve corriendo a mí también. Normal. Creo que se esperaba encontrarme llorando en un rincón y motivos no le faltaban. El caso es que seguimos los dos corriendo al mismo ritmo, adelantando paseantes, esquivando mosquitos y pelusas voladoras que me atacan a traición y al fin, llegamos a la Expo de vuelta. “¿Ya?” Ahora soy yo la que seguiría hacia delante. Tiene c*** la cosa. “Casi 8 kilómetros, ¿eh? ¡Está muy bien!” “¿En serio?” – contesto con más estupefacción que el emoji ojiplático – En el fondo sé que exagera y han sido solo 6, pero me dejo engañar y me voy feliz creyéndome mi propia mentira.

Tras el esfuerzo, cervecita en forma de recompensa. Solo por eso merece la pena sufrir un poco corriendo. La vuelta a casa la hago caminando, escuchando música y comenzando a sentir el efecto de las endorfinas corriendo por mis venas. Se me había olvidado el subidón que te provocaban.

Al llegar a casa, ducha, cenita ligera y sana, e intento fallido de irme pronto a dormir. Las endorfinas, que hacen que tenga energía como para irme de fiesta y hasta de after. Me siento un poco como el mítico Neng de Castefa interpretado por Edu Soto.  El caso es que amanezco con la sensación de no haber pegado ojo, pero estar prácticamente recuperada. Me va a costar unas cuantas cervezas lo de tener entrenador personal, pero definitivamente necesito la sabiduría del Señor Miyagi a mi lado.

Reto 10K: Cuando los astros se alinean para que no salgas a correr

Definitivamente hay una confabulación planetaria en mi contra. Bueno, no en mi contra directamente, sino contra el hecho de que salga a correr. Y no lo digo por decir. A las pruebas me remito…

Prueba número 1. Sábado pasado, me levanto con todo el sueño del mundo a las 07.30 dispuesta a salir a correr con el sol de la mañana. ¿Qué me encuentro? Un cielo más negro que el betún. No pasa nada, he madrugado y llevo una optimista dentro. Hoy, se sale a correr. Con las mallas puestas y a punto de salir de casa, me asomo a la ventana y me topo con la cruda realidad. Llueve. Y ni tengo ganas de llegar a casa como un pollico mojao ni me veo corriendo paraguas en mano. Activamos plan V. Vaqueros, cazadora, paraguas y a pasear.

Prueba número 2. Tras el intento frustrado del sábado y teniendo en cuenta que el viernes noche había cenado una pizza de tamaño desproporcionado con la esperanza de quemarla durante mis entrenamientos del fin de semana y aún no lo había conseguido, vuelvo a madrugar con la intención de salir a correr. El cielo amenaza, pero no llueve. Me la juego y salgo. Y comienzo a trotar… y comienza el flato a los avergonzantes 10 primeros minutos. Paro, camino a buen ritmo para recuperarme activamente y cuando diviso a lo lejos hordas de runners, vuelvo a correr para mantener la poca dignidad que me queda. Pero tengo que volver a parar poco después porque ahora son las rodillas lo que me duele. ¿En qué momento mi forma física ha caído de esta estrepitosa forma? Continúo caminando deseando no encontrarme con ningún runner conocido. Porque para más recochineo llevo puesta la camiseta de la 10k del Maratón del año pasado, como una suerte de irónica profecía que me anuncia que a este ritmo, eso va a ser lo más cerca que esté de una 10K.

Y como no hay dos sin tres, ahí va la tercera de las pruebas que confirman mi teoría. Lunes por la tarde. Primer día de la fase 1. Las tiendas han abierto al fin y yo necesito unos vaqueros, así que salgo de mi casa con esa misión por cumplir aprovechando que la lluvia que caía hace media hora ha parado. Bajo la calle con normalidad hasta que… hasta que resbalo, pierdo el equilibrio, caigo de culo al suelo y reboto con la cabeza en la acera. Mi móvil, el paraguas y la bolsa que llevaba en la mano salen por los aires y unos chicos que estaban trabajando en la pizzería de al lado salen en mi ayuda con la expresión de haber visto a la niña de la curva. Me ayudan amablemente a levantarme del suelo y al hacerlo, llega el cúmulo de catastróficas desdichas. Se me empieza a nublar la vista, ¡trae una silla que se marea!, un pitido que suena, voces al fondo, ¿por qué está todo lleno de humo blanco? ¡trae otra silla que hay que levantarle los pies!, brazos que me cogen en volandas levantan por los aires, calor, frío, frío calor… recupero la visión y me traen un refresco con azúcar que me devuelve a la realidad. Madre mía que mal rato. La expresión de sus caras cambia del susto inicial a las risas. Pobres, he debido asustarles. Se vienen arriba y me traen un trozo de la mejor tarta de chocolate casera que me he comido en la vida. Está tan buena que hace que merezca la pena haber montado semejante circo en un momento. En esto que un vecino de otro local contiguo se acerca cauteloso, móvil en mano, guantes y mascarilla mediante. Me pregunta mi edad y si tengo patologías previas, ¿está pidiendo una ambulancia? – pregunto a mis nuevos mejores amigos y ángeles de la guarda – Sí, creo que sí… Pero si yo ya estoy bien – contesto sonrojada – mientras el señor vecino me recuerda que me he dado un golpe en la cabeza y podría tener un coágulo de sangre en el cerebro. Bueno vale, visto así, mejor que venga. Pero de momento sigo disfrutando de mi deliciosa tarta desde mi silla en medio de la acera, mientras mis salvadores cuidan de mi y hasta sujetan el paraguas abierto para que no me moje porque han empezado a caer cuatro gotas. Me siento como un piloto de Moto GP, oye. Suena a lo lejos una sirena, llega primero la policía local abriendo la comitiva y preguntándome si estoy bien, y a continuación la ambulancia, me piden que suba dentro y comprueban que efectivamente solo ha sido un buen cacharrazo y estoy perfectamente bien. Me despido de todo el mundo dando las gracias ochocientas veces cual vedette en un estreno y caminando calle abajo como el gran Chiquito de la Calzada. Creo que no voy a poder sentarme ni mucho menos correr en lo que queda de semana, pero me voy sabiendo que aún queda gente buena por el mundo. La humanidad aún puede salvarse.

Reto 10K: El sabor de la libertad

Tal y como apuntaban todas las apuestas, la noche del viernes al sábado pasado no pegué ojo. No venían los Reyes, ni me encontré con el supermercado de Smoby junto al árbol como sucedió cuando tenía 6 años, pero me levanté con la misma ilusión (y eso que apenas había dormido 5 horas).

Café junto a la ventana que ha hecho durante casi dos meses las veces de balcón, mallas, camiseta, zapatillas, auriculares, mascarilla… y la calle, al fin.  Sabía que debía tomármelo con calma, ir poco a poco, estirar antes de empezar a trotar… y sabía también que no haría nada de eso. Llevaba tantos días esperando ese momento, que salí del portal de mi casa a las 8.15 de la mañana corriendo como hubiera estado dos meses castigada sin recreo. Pero es que, a decir verdad, lo había estado un poco. Y sin portarme mal ni hacer nada para merecérmelo.

Al llegar al Paseo Echegaray, estupefacción absoluta. ¿Pero a qué hora se ha levantado toda esta gente? ¡Esta gente no ha dormido! Había que evitar la marabunta de bicis, runners, paseadores, curiosos y patinadores a toda costa, así que, en una mala jugada por parte de mi subconsciente me dejo llevar por su ridículo consejo: “Vete hacia el Parque del Agua, que no habrá nadie” Error 404, como diría Ana Millán. Pensamos lo mismo miles de zaragozanos. Pero no pasa nada. Estaba empezando a ahogarme, el sol empezaba a picar y a pesar de eso me sentía la persona más afortunada del mundo. Había ratos incluso que no podía reprimir mis ganas de reír, y se me escapaba alguna pequeña sonrisa que una señora con la que me crucé furtivamente me devolvió. Qué salada.

Llego a la Expo. Más gente, más calor, más cansancio y menos fuerzas. Hay que parar. Pero aún caminando, aquella vuelta a la vida o a la “nueva normalidad” como la llaman, me estaba sabiendo a gloria. Era una especie de extraña primera vez. Transitar un lugar por el que, aunque había recorrido hasta la saciedad en mis tiempos de patinadora, parecía estar redescubriendo. Y creo que no era la única, porque observando, me di cuenta de que éramos muchos los que caminábamos mirando a diestra y siniestra, con los ojos bien abiertos, como un ejército de zombies en mallas y con más ganas de repartir abrazos que de comer cerebros. 

Las 9. Hora de iniciar la vuelta a casa en compañía de unas incipientes agujetas. ¿Pero qué broma es esta? Pues no. No era broma. Era real como la vida misma. Me dolían las caderas y los cuádriceps con cada paso que daba y todavía había que hacer 4.5kms más, así que estaba claro que no iba a ser corriendo. Y mientras transcurría mi monólogo interno, no hacía más que cruzarme con gente que corría en dirección opuesta a mí a una velocidad inexplicable. Seguro que eran de los que tenían una bici estática en el balcón como mi vecino. Eso lo explicaría todo.

Ya de vuelta, y a ritmo de New York, New York de Frank Sinatra sonando en mis auriculares a todo trapo (caprichos del modo de reproducción aleatorio) me entretengo clasificando en grupos a los zombies con los que me encuentro. Y los hay para todos los gustos. Chicas vestidas como para ir de vermut y posterior tardeo que paran en el Puente de Piedra para hacerse un selfie que subir a Instagram; señoras no tan jóvenes con la chaquetilla del chándal atada bajo las axilas que caminan a buen ritmo mientras debaten entre ellas sobre cuál es el secreto de la bechamel en las croquetas; parejas que caminan con sus manos enguantadas mientras se miran acarameladas cuál Romeo y Julieta (y que definitivamente no tienen pinta de haber pasado el confinamiento juntos) o insensatos adolescentes que no habían vuelto a usar los patines desde su primera comunión y han visto en este día la oportunidad de oro para hacerlo.

Y así es como zombie aquí, zombie allá, llego a casa trotando (porque he decidido sprintar los últimos 600 metros para sentirme menos culpable). Las 9.57hs. No estamos como para regalar tiempo de libertad. Otra vuelta más a la manzana. Las 9.58hs. Ahora sí. Ducha, cervecita y unas gildas como recompensa. Me tiro en el sofá. No puedo con la vida, pero qué bien sabe la libertad.

Reto 10K: ¡Comienzan los Juegos del hambre!

Todavía no me creo que este sábado vaya a ser EL DÍA. Como yo, ejércitos de runners con ropa fluorescente llevábamos esperando desde el pasado 14 de marzo el momento en que cambiásemos el parqué del salón por el asfalto de las calles. Y ahora que sabemos que el día se acerca… a mi me va a faltar tiempo.

Tiempo para llevar a cabo los Juegos del Hambre, por ejemplo, cuyo inicio he decretado oficialmente en mi casa. Porque siendo sincera, todo este tiempo he estado entrenando con mallas de estar en casa de las que no aprietan, pero sí engañan, y ahora que me acabo de probar mis mallas de running soy consciente de que voy a salir de casa más apretá que la Kardashian. Mona, pero apretá. Que a ver si me va a dar un tabardillo porque no me circula la sangre por las piernas…

Pero si solo fuera eso… el pasado domingo una de mis amigas me contó que su hijo de tres años, se había pegado un trompazo tan grande nada más pisar la calle y arrancar a correr, que casi terminan la carrera en urgencias. Pobrecito mío, le pudo la ilusión. Y temo que me pase a mi también. Pero como afortunadamente la experiencia es un grado, y en esto de caerme en toda clase de situaciones, tengo experiencia acumulada, pienso salir a las 8 de la mañana de casa e ir camuflada con gorra, gafas de sol y mascarilla para ante una eventual caída, no ser reconocida.

El resto de mi estrategia, está aún por definir. Eso sí, conozco bien las líneas rojas: 1 vez al día, a 1 kilómetro de casa como máximo y durante 1 hora. Respecto a mi recorrido, improvisaré después de haber comprobado cuáles son los límites de ese kilómetro a la redonda que nunca antes me hubiera cuestionado. La clave es aguantar corriendo durante esa hora con la mayor dignidad posible, que no es poco, teniendo en cuenta la docena de cuasientrenamientos de alto riesgo que llevo practicando durante los últimos… ¿40 días? Yo qué sé. Si hasta he perdido la cuenta.   

Soy consciente de que sufriré, de que volverán los dolores y el maldito flato, pero se me siguen apoderando las ganas de salir a la calle y correr sin rumbo como Forrest Gump (claro que él estuvo corriendo 3 años, 2 meses, 14 días y 16 horas y yo solo tengo 60 minutos). Da igual. Correré y lo daré todo. Y sí, al día siguiente no podré con la vida, pero pienso volver a salir. Y si en lugar de correr tengo que andar rápido y raro como hacía en su día cierto expresidente del gobierno (allá cada uno con su imaginación que yo no digo nombres), pues cambiaré de estrategia. O igual me vengo arriba y apuro el kilómetro a la redonda y llego hasta el Puente de Santiago. A lo loco. Y subo y bajo puente arriba puente abajo todas las veces que pueda durante una hora (que serán tres, como mucho).

De momento, voy a ir asumiendo que mis viejas mallas de runner no son una opción para correr y no morir en el intento y voy a buscar otras por internet. Más vale que lleguen a tiempo o me tocará correr en pijama. Y más vale también que las hordas de padres insensatos se tomen lo de salir con niños más en serio lo que queda de semana, porque como nos quiten lo de salir a correr el día 2, grito a los cuatro vientos que los Reyes son los p**** y se lía gorda. Que estoy mu’ loca.  

Reto 10K: Luz al final del túnel

El domingo pasado me levanté temprano, a eso de las 11, con una sensación extraña. En el calendario de abril que tengo junto a mi cama, un gran círculo de colorinchis rodeando el día 19 me recordó que ese tendría que haber sido el gran día. El día que corriera mi primera 10K.

De no haberse parado la vida en la Tierra hace ya mes y pico, seguramente hubiera dormido poco la noche anterior fruto de los clásicos nervios de cualquier principiante, me habría levantado antes de las 6, habría desayunado tres veces, visto las noticias del 24 horas en bucle y deambulado por casa intentando aplacar mis nervios escoba en mano (cada uno se desestresa como quiere) ante la estupefacta mirada de mi señor gato que definitivamente creería que su humana se había vuelto loca.

Habría llegado a la plaza del Pilar temprano, con tiempo suficiente para hacer muchas fotos con las que documentar ese día histórico en la película de mi vida (no fuese cosa que no volviera a repetirse). Más tarde me habría reunido con mis compañeros del grupo de entrenamiento, buscado la liebre de 60’ para tomar posiciones y mi cuerpo habría empezado a generar adrenalina según se acercaba la hora zulú, las 08.45.

Con el corazón en la boca, las manos frías y las piernas temblando, habría empezado a correr al escuchar el pistoletazo de salida. Despacio, a mi ritmo, como nos había grabado a fuego mi entrenadora. Paseo Echegaray, Puente de Santiago, Puente de Hierro, Echegaray de nuevo, César Augusto… seguramente las piernas me hubieran empezado a doler en este punto, mi compañera Marta me hubiera preguntado cómo voy, y yo, como Antoñita La Fantástica hubiera sonreído con toda la dignidad posible como si no estuviera al borde de la muerte. Don Jaime, Plaza de España, Independencia… – ¿pero por qué c*** subimos?, hubieran preguntado agotadas mis piernas – Plaza Aragón, Independencia de nuevo, Coso, Plaza San Miguel, Paseo de la Mina – aplausos espontáneos de viandantes – Alierta, vuelta hacia la Plaza San Miguel, Coso, San Vicente de Paúl – más aplausos – Echegaray, Don Jaime, – Marta que me grita ¡vamos que ya lo tienes! y mis lágrimas a punto de estallar – y al fin… la plaza del Pilar. Un carrusel de emociones se agolpa en mi mente: tengo frío, calor, ganas de gritar, de llorar, de reír… pero lo único que hago es seguir corriendo con la meta como único horizonte…

Suena el despertador. Las 12. Joder, me he vuelto a quedar frita y tengo a Furia maullando desesperadamente al otro lado de la puerta. Me preparo un café, le doy de comer y me siento en el sofá móvil en mano. Vídeos de gente jugando con rollos de papel higiénico, recetas gourmet de gente que no había tocado el horno en su vida… anda, han publicado algo en el Facebook del Maratón. Doy un trago largo al café (y de paso me quemo) y leo con atención.

Todo apunta a que el 8 de noviembre será la fecha elegida para correr el Maratón y la 10K. Me levanto como una flecha del sofá, tropiezo con el cable del portátil y camino como un miura en dirección al calendario junto a mi cama. Localizo el 8 de noviembre y lo rodeo con todos los subrayadores que encuentro en el cajón de la mesilla. Mi calendario parece ahora un cuadro de Pollock. 7 meses por delante para lograr un sueño. ¿Y si empiezo por ponerme las mallas? También podría empezar por tirar las reservas de chocolate de la despensa… mejor me voy a por las mallas. Hoy me merezco un Huesito (y una cerveza) para celebrarlo.

Reto 10K: De runner a voyeur en un solo paso

Pasar 24 horas en casa tiene consecuencias. Y la primera de ellas es que cada día tengo menos de runner y más de voyeur. Pero lo mío no es mirar por la ventana con ánimo espiatorio, ojo, que yo si miro es por puro aburrimiento. Y a veces una se encuentra con unas cosas… que hubiera preferido no ver. Esta misma mañana, sin ir más lejos. Abro la ventana del salón café en mano y con la cara aún sin lavar, y me encuentro con el vecino de enfrente que sale en ropa interior al balcón (estampada, para más inri) a desperezarse como un oso pardo del Pirineo. Y lo hace además acompañándolo de un sonoro bostezo que alcanzo a oír, ruidos varios ininteligibles y de una rascadita de… espalda (si, yo también me he temido lo peor) contra la pared antes de abandonar el balcón como si allí no hubiera pasado nada. El shock ha sido tal que he permanecido inmóvil durante un par de minutos en la ventana, mirando al vacío, procesando esta surrealista escena propia de “Torrente, el brazo tonto de la ley” que francamente hubiera preferido no contemplar. Está claro que no volveré a a mirar igual al sonriente vecino de enfrente durante los aplausos de las 20hs.

Pero claro, cada uno en su casa, y en su balcón, hace lo que quiere (y puede) y no siempre somos conscientes de que vivimos en una especie de Gran Hermano nacional en el que siempre hay alguien cerca que está viendo lo que haces porque, sencillamente, no tiene nada mejor que hacer. Y yo, soy una de ellos. Pero claro, si contemplo esta escena desde el ángulo opuesto… ¿qué pensarán de mi los vecinos cuando los sábados por la mañana me pongo a bailar zumba en el salón poseída por el espíritu de Daddy Yankee? Para empezar, que carezco de coordinación alguna y para continuar, que tengo un gusto musical cuestionable. Pobres. No saben que lo hago por ellos. Para que cuando quite la música aprecien de verdad el valor del silencio.

Siguiendo con los indiscretos balcones y toda clase de actividad que se desarrolla en ellos, el otro día, mirando por una ventana de las que dan a otra calle distinta que la del vecino poco decoroso, descubrí a un vecino entrenando en su bici estática. Ahí, en el balcón, dándolo todo con su maillot de ciclista profesional y sudando como si subiera el Tourmalet. Y qué rabia me dio. No solo tiene balcón el tío, sino que, además, tiene bici estática. Si ya tiene perro y papel higiénico como para una boda, el acabose. En el fondo le deseé que después se metiera un atracón de ultraprocesados que tirara por tierra toda la sudada que se había pegado. Por insolidario, hombre ya.

Pero no todo es malo cuando una mira por la ventana. También tengo otro vecino al que no veo, pero sí oigo, que nos dedica los viernes por la tarde versiones de La Fuga, Fito y los Fitipaldis, Marea, Vetusta Morla o Los Despistaos mientras nos grita, “¡Venga vecinos, que hay que echar la tarde!” o para de repente “para preparase otro cubatilla porque es fin de semana”. No tengo ni idea de como se llama, pero la próxima vez que salga a hacer la compra le voy a dejar un fuet en el buzón con una nota de agradecimiento. Porque ya se sabe que el fuet es universal y le gusta a todo el mundo.  

Aaay, ventanas. ¿Qué haríamos sin ellas estos días? Yo, comer peor de lo que como para matar el rato. Me consuela saber por mis amigas que no soy la única que lo hace. Con esto, lo que está claro es que el día que podamos, al fin, salir a la calle a correr, además de que habrá más tráfico que en el Paseo Echegaray en hora punta, las calles estarán llenas de dos tipos de runners: los hipertrofiados – como mi vecino el Induráin del balcón – y los gordifuertes como una servidora. Porque sigo entrenando, pero seamos sinceros… no he comido más chocolate en mi vida. Pero yo soy de la opinión de que el cuerpo es sabio y hay que hacerle caso. Y si te pide un huesito, o dos o tres… pues hay que dárselos. Que hay que apoyar el producto local y además no estamos como para negarnos pequeños caprichos con la que tenemos encima.

Reto 10K: Cuando entrenar en casa se convierte en actividad de alto riesgo

Seguimos en este perpetuo estado pseudovacacional llamado cuarentena. Ese estado en el que vistes pija-chándal (pantalón de pijama y sudadera de chándal), no sabes muy bien en qué día de la semana vives, no recuerdas cuál fue el último día que te duchaste y cualquier excusa es buena para comer un martes las “guarradas hipercalóricas” hasta ahora reservadas para el fin de semana. Y en esto que en esta película de ciencia ficción de la que todos somos inesperados protagonistas, tú intentas poner un poco de cordura y decides tratar de recuperar rutinas. Empezando por tus rutinas de entrenamiento.

Entrenaré tres días a la semana, como hacía antes (afirmé ilusa en la semana uno). Ya… pero lo cierto es que vamos por la cuatro y de dos cuasientrenamientos – lo siento, hoy me ha dado por los prefijos – no he pasado. Porque entrenar lo que se dice entrenar en serio… pues tampoco es lo que hago. Yo me esfuerzo y me calzo mis mallas y mi ropa fluorescente de runner, pero es que son muchos los obstáculos y trampas a los que una debe hacer frente cuando se trata de intentar entrenar en casa. Vamos, que, si Indiana Jones hubiera tenido que hacerles frente, todavía está buscando el Santo Grial en La última cruzada. Y eso que él tenía un sombrero fedora y un látigo. Que yo no tengo ni la codiciada esterilla de yoga…

Pero es que entrenar en casa cuando cuentas con unas dimensiones reducidas que te obligan a mover más muebles que si estuvieras haciendo una mudanza y con un gato hiperactivo que no te quita ojo de encima…  acaba por convertirse en actividad de alto riesgo. ¡Qué suerte! (dirán los enfermos de la adrenalina que ahora no pueden hacer puenting). Pues no amigos, de suerte nada. A esos los invitaba yo a tratar de completar un entrenamiento completo sin acabar con una moradura en alguna parte de su cuerpo por colisión inesperada contra esquina de mueble (porque son como las columnas del parking, que se mueven adrede para darte).

Pero ojito que la cosa no acaba aquí. Porque cuando se alinean los planetas y consigo realizar mi cuasientrenamiento a ritmo de los grandes hits latinos del momento sin heridas de guerra y me dispongo a terminar ejercitando el core, entra mi señor gato en acción. Tiendo mi alfombra del baño en el salón a modo de esterilla, me tumbo, comienzo las series de abdominales y de repente… ¡zasca! Cazada por la espalda. Hombre, por favor. Este gato no tiene principios. El código samurai lo deja bien claro: atacar por la espalda está prohibido. Acaba de mancillar su honor y en lugar de hacerse el harakiri se tumba tripa arriba para que le rasque.

Soporto estoicamente varias emboscadas felinas sin grandes consecuencias más allá de los tres microinfartos sufridos, estiro un poco y me voy a la ducha con los riñones doloridos. Definitivamente esa alfombra de baño no sirve para hacer las veces de esterilla.

Hoy he entrenado así que, me lo he ganado, ¿no? Me repito como un mantra cuando abro la nevera y miro con codicia el pack de cervezas (como si fuese a venir alguien a robarme alguna…) Abro la cerveza, una latita de olivas para acompañar y me siento junto a la ventana. Prueba superada. Un día más, un día menos. Furia aprovecha y me da un mordisquito en el pie. Eso es que está de acuerdo.

Reto 10K: Sobrevivir al confinamiento sin cocinar

Hay quien dice que el gran reto del confinamiento es sobrevivir a él sin divorciarse. En mi caso, el verdadero reto no es este – pues mi única compañía maúlla y tiene cuatro patas -. Es sobrevivir sin cocinar. Desde luego, no podré decir que sea por falta de tiempo. En mi caso es por una combinación entre falta de conocimientos, ganas y ausencia de logística cocinil elevada al cuadrado.

¿Qué cómo he llegado hasta aquí? Veréis, como buena runner tengo una guerra declarada a los ultraprocesados, así que antes de que el mundo se parara por el coronavirus, mi existencia se basaba en un intercambio semanal de tuppers vacíos por tuppers llenos de saludable y deliciosa comida casera. ¿Vergonzoso a mis casi 36 años? Para nada. Motivo de orgullo, más bien. No hacerlo sería un insulto a la alta cocina que sale de los fogones de casa de mis padres.

Así que ahora, privada de mi método básico de subsistencia y habiendo comprobado que no puedo sobrevivir comiendo tortilla precocinada del súper durante tres semanas seguidas, no me ha quedado otra que adaptarme. Y digo adaptarme porque no tengo muy claro si lo que hago puede llamarse cocinar. En cualquier caso, todo sea por fastidiarle la estadística a los agoreros que afirman que cada español engordará durante el confinamiento una media de entre 3 y 5 kilos. Pues no pienso. A ver quien corre luego con extra de equipaje.

Afortunadamente, tengo en esta batalla, un fiel escudero: el microondas. Colocado por cierto a una distancia poco práctica, sí, – apenas llego a él de puntillas, lo cual hace que piense que el anterior inquilino de mi piso debía ser el gigante de Big Fish – pero que, en el fondo, le confiere metafóricamente el épico lugar que ocupa en mi vida. Perderlo, sería un verdadero drama. Vamos, que me iba a alimentar de caramelos.

Cruzo los dedos para que mi fiel amigo el microondas continúe a mi lado y añado en mis tropas las múltiples ideas para negados de la cocina que circulan por la red: recetas elaboradas con latas; recetas saladas con avena, bizcocho de aguacate o pan casero sin horno son solo algunas sugerencias. Y lo mejor de todo es que parecen fáciles y saludables.

Frivolidades aparte, supongo que tengo suerte de que mi mayor preocupación sea algo tan banal como no engordar durante la cuarentena – pese a entrenar religiosamente con mi palo de la fregona sentadilla arriba-sentadilla abajo todos los días –. Otros no la tienen. Y no la tienen porque han perdido su trabajo precario y con él su única fuente de ingresos con la que mantener a una familia entera. Para ellos hay en marcha una serie de medidas impulsadas por el Gobierno y un sinfín de voluntarios trabajando en bancos de alimentos y otro tipo de asociaciones. Pero, mientras esa ayuda llega, ¿cómo sobreviven? Porque eso sí es sobrevivir. Y no lo que hacemos otros mientras vemos Netflix desde nuestro sofá, con la calefacción puesta, comiendo palomitas y con la nevera a tope. Lo nuestro solo es “vivir”. Sin el “sobre” delante.

Pero lo peor es que cuando todo esto se acabe, si la anunciada sacudida económica llega, estos supervivientes serán, lamentablemente, carne de cañón. Empecemos entonces a plantear soluciones. Y no, evidentemente no vale mirar hacia otro lado. Lo hemos hecho durante mucho tiempo y así nos ha ido: primero el calentamiento global, ahora el coronavirus… Aprendamos entonces y recordemos después. Porque “un pueblo que no conoce su historia, está condenado a repetirla”.

Reto 10K: Y cuándo esto termine… ¿qué?

Algo tiene esta cuarentena que resulta inquietante. Un día te vienes arriba y te lías a correr pasillo arriba-pasillo abajo, haces 100 flexiones y 50 sentadillas con el palo de la fregona y al día siguiente… al día siguiente no tienes ganas de hacer ná. Ni de quitarte el pijama. Y no haces otra cosa que el paseíllo de la vergüenza cama-sofá-sofá-cama con paradas intermedias en la nevera. Y ni te peinas, ni te duchas. Y además te da exactamente igual. Y no tienes ganas ni de recibir videollamadas. Como para pensar en entrenar. Pues va a ser que no.

Esos días son habituales. Los hemos tenido todos y los seguiremos de vez en cuando mientas esta especie de distopía en la que vivimos instalados continúe. Aceptarlos como parte del proceso “normal”, sin martirizarse o forzarse a ser productivo de algún modo, es un factor importante para mantener estable nuestra salud mental. Y sin salud mental no hay salud física, y mucho menos, ganas de entrenar para mantenerla.

Esos días de atontamiento y pijama, a nuestra mente, por tener a su disposición menos distracciones externas, le da por darle vueltas a las cosas. Y te planteas qué pasará cuando volvamos a las calles y despertemos de este mal sueño. A quien abrazarás primero y dónde saldrás a celebrarlo después. Cómo será la vuelta a los entrenamientos y si seguirás siendo capaz de correr al mismo ritmo que antes.

Pero no caigamos en el error de pensar solo en nosotros, que, al fin y al cabo, si algo nos está enseñando todo esto, es a funcionar como un todo en el que la única solución para vencer al enemigo, es aunar esfuerzos.

Así que retomando el qué haremos cuando todo esto termine, empiezo a pensar en aquellos que antes de que el covid-19 copara nuestras vidas y la actualidad informativa, eran los tristes protagonistas de informativos y portadas de periódicos. Porque, aunque ahora no hablemos de ellos, está claro que, si su situación era complicada antes, ahora sigue siéndolo y cuando esto termine, también lo será. Y cuando digo esto me acuerdo con una mezcla de nostalgia y cariño de los guantes que he estado usando para correr desde que me inicié en el running en febrero. Unos guantes rosas con un contundente mensaje: #Libresparacorrer. Unos guantes creados para apoyar la lucha contra la violencia machista y que me sentí en la obligación ética y moral de comprar cuando me inscribí en los grupos de entrenamiento. Porque como mujer y como runner, había lugares por los que no me atrevía a ir corriendo yo sola de noche. Y no era porque ningún estado de alarma me lo prohibiera.

Y es así como llego a la conclusión de que quizá no deberíamos esperar a recuperar nuestras antiguas vidas para pensar en lo que vendrá después y en cómo deberemos afrontarlo. Ojalá hacerlo como una sociedad renacida, capaz de apreciar todo por lo que antes pasábamos de puntillas. Ojalá hacerlo siendo más generosos y valientes, pero no para no tener miedo a nada, sino para a pesar de tenerlo, tener el valor de enfrentarnos a él.

Reto 10K: ¡No podrás conmigo maldito covid-19!

No os cuento nada que no sepáis. Estoy confinada en casa como el resto de españoles ahora mismo. Y como a la gran mayoría, se me está haciendo muy largo (y eso que mis únicos conflictos fruto de la convivencia son con mi gato). Pero cuesta mucho mirar por la ventana y pensar en todas las cosas que antes hacía de forma cotidiana y que ahora no hago porque sencillamente, no puedo. Y correr es una de ellas. Llevaba un mes haciéndolo, un mes sufriendo, pero también avanzando a pequeños (pero firmes) pasos. Un mes ilusionándome con una fecha en el horizonte: el 19 de abril y ahora el covid-19 parece que se lo ha llevado todo. 

Y digo parece, porque superada la etapa de frustración y pesimismo inicial, piensas con la cabeza algo más fría y te das cuenta de que esta situación es solo algo temporal y que hasta en los peores momentos, hay algo positivo con lo que quedarse. Y si vamos a estar encerrados quince días, yo elijo esta opción. Elijo la opción de aprender y luchar. Y lo siento coronavirus, pero no vas a poder conmigo. Porque si Zaragoza no se rinde, los runners solo miramos atrás para coger impulso. Y yo pienso seguir corriendo, aunque sea por el pasillo de mi casa. Y si hago corto, hasta por el garaje.

Tontadas aparte, hay mucho por hacer cuando se trata de no perder forma física estando confinado en casa. Una sencilla y que no requiere de gran logística, es hacer ejercicios para fortalecer el core. Algo especialmente positivo para runners, pues el core es la parte central del tronco, y, por tanto, la encargada de sostener el tren superior y el inferior. Básico para correr, vaya.

Son muchos los ejercicios que podemos hacer en casa para fortalecer el core: plancha, plancha lateral, plancha lateral con flexión, puente, elevaciones lumbares… y por supuesto, los abdominales de todo tipo. Para llevarlos a cabo, el ideal sería usar la típica esterilla de yoga que todo el mundo ha sacado del trastero en estos días. Pero si como yo, te dejaste la dichosa esterilla en casa de tus padres, una manta o toalla en el suelo bastarán para protegernos las lumbares. Y cuando acabe el confinamiento te compras una docena si hace falta.

Combinar los ejercicios de tonificación con algo de cardio, nunca viene mal, así que, si tenéis opción de correr por el pasillo, por el garaje, o subir y bajar las escaleras del portal, dedicarle unos veinte minutos dos o tres días a la semana sería perfecto para seguir en forma.

Ya veis que cuando se trata de seguir en forma y, sobre todo, no perder la cabeza ante la falta de actividad a la que tan poco acostumbrados estamos, hay muchas opciones que yo ya he comenzado a poner en práctica. En mi mente, un nuevo horizonte: el 8 de noviembre. Fecha que la organización del Maratón de Zaragoza está barajando para celebrar esta prueba y el 10K. La ventaja es que, con el margen de tiempo extra que voy a tener para entrenar, si pensaba hacerla el 19 de abril en 60 minutos, lo mismo me vengo arriba y el 8 de noviembre la hago en 40. Y de paso, se la dedico a toda la gente a la que cada día aplaudo desde mi ventana. Vosotros, sois los auténticos héroes del coronavirus.   

Reto 10K: Cómo superar los miedos previos a una carrera… (y no morir en el intento)

Falta poco más de un mes para que llegue el gran día. El 19 de abril está cada vez más cerca y con él mi reto de convertirme en runner en 77 días. Y los nervios, las interrogantes y los miedos afloran silenciosamente… sin prisa, pero sin pausa. Y como no hay forma de sacarlos de mi cabeza no me queda otra que compartirlos con vosotros.

Miedo número uno: ¿y si no estoy preparada para correr 10 kilómetros?

Me lo han dicho por activa y por pasiva pero no lo puedo evitar. Sigo siendo escéptica. Dicen que no necesitas correr 10 kilómetros durante los entrenamientos para que el día de la carrera logres completarlos. Que, el entrenamiento semanal, sumado a la bajada de kilómetros de la última semana y al ambiente del día de la prueba hacen que, con llegar a los ocho, sea suficiente. La clave está – dicen –  en que el día de la carrera, en medio de ese ambiente de fiesta y euforia, te vienes arriba y tu mente te ayuda a completar esos dos kilómetros extra. Porque llegado a ese punto de la carrera se te olvidan los dolores en tobillos y las rodillas y tu mente solo piensa en cruzar la meta y lo hace con tanta fuerza, que termina por convencerte. Y es que no olvidemos que al final, una carrera no solo es un reto deportivo sino también mental.

Miedo número dos: ¿y si llego fuera de tiempo?

Lo tengo claro. Lo de menos es el orden de llegada. Yo no empecé a correr con la intención de llegar en un puesto o en otro y tampoco hubiera tenido mucho sentido hacerlo. Empecé a correr para demostrarme a mí misma que podía ser capaz de cumplir un sueño. Y sí, reconozco que me daría un poco de rabia llegar fuera de tiempo. Bien es cierto que en el caso de la 10k del Maratón el tiempo máximo para realizar la prueba es de 1 hora y 15 minutos (tiempo que debería ser suficiente) pero mi miedo a no conseguirlo sigue ahí. Como un monstruo durmiente debajo de mi cama. Un miedo al que, por otro lado, pienso mirarle a la cara.

Miedo número tres: ¿y si me lesiono?

Sé que no es algo que debería pasar mientras corra de manera inteligente y no como pollo sin cabeza. Pero oye, nunca se sabe… de momento me han aconsejado descansar bien la noche anterior, madrugar para desayunar con tranquilidad unas dos horas antes de la prueba, llegar con tiempo suficiente a la carrera e, importante, calentar antes de arrancar a correr e intentar llegar tranquila. Veremos a ver si me acuerdo de todo…

Pero sería injusta si solo hablase de miedos cuando pienso en la 10K del Maratón. Porque cuando lo hago pienso también en superación, euforia y en grandes dosis de adrenalina corriendo por mis venas. Está claro que todavía no sé si lo conseguiré, pero lo que tengo clarísimo es que lo voy a intentar. Y que espero que ésta sea la primera de muchas. El 19 de abril saldremos de dudas…

Reto 10K: La paciencia es la clave del running

Mátame camión. Cuando acepté el reto de convertirme en runner y posteriormente escuché la máxima de que “la paciencia es la clave del running” esto fue lo que pensé.  Vale que la constancia y la motivación sean la clave del running, pero ¿la paciencia? ¿no había otra virtud? Pero si tengo menos que un chiquillo, madre mía…

Al principio tampoco entendí el porqué de semejante afirmación. Y creo que, tras un mes como runner novata, empiezo a entenderlo. Cuando no has corrido en tu vida (véase una servidora), tu cuerpo no puede llegar y ponerse a correr como quienes llevan meses haciéndolo. Entenderlo y aprender a conocer los límites de nuestro propio cuerpo, no es tarea fácil, y ahí es donde entra en juego la famosa paciencia.

La paciencia a la hora de iniciarse en el mundo del running te ayuda a entender que los objetivos no se alcanzan de un día para otro, sino que son fruto de la constancia y del trabajo. De muchos entrenamientos. Y también de muchos dolores. Desobedecer esta máxima e intentar alcanzar resultados rápidos exigiendo a nuestro cuerpo más de lo que nos puede dar, te expone innecesariamente a una lesión que daría al traste con cualquier objetivo que te hubieras marcado. Y con ella, una buena dosis de frustración de regalo. Y es que, resulta contradictorio, pero cuando empiezas en el running “siempre es mejor andar que correr”.

Pero no solo la paciencia es importante cuando uno empieza. También cuando compites. Evidentemente no puedo hablar por experiencia, pues jamás he competido, pero por lo que mis compañeros y entrenadora cuentan (y parecen gente sensata), la paciencia cuando compites es ese chispazo de lucidez que te permite dosificar tu energía de forma inteligente para evitar quemarte demasiado rápido y terminar la carrera destrozado. Es esa voz interior que te va diciendo, “tranquilo”, “calma”, “no te aceleres” … y también la que te jalea en el último kilómetro “vamos valiente, ahora sí, ¡aprieta que ya lo tienes!”

Dicho esto, está claro que la paciencia tiene un papel importantísimo en el running. Si no la traes de serie (hay gente que viene al mundo con ella, pero definitivamente no es mi caso) la buena noticia es que seguir entrenando siendo consciente de que con constancia los resultados terminarán llegando, siembra su germen y el día que recoges sus frutos te llevas el premio gordo: no solo has conseguido tu objetivo deportivo, sino que además has aprendido a tomarte las cosas con más calma. Y todo gracias al running. La hostia.  

Reto 10K Maratón: El subidón de correr con música

Domingo, 9.00 de la mañana. Desayunas un café doble en un intento desesperado por no volver a la cama mientras miras el plan de entrenamientos de reojo. Toca entrenamiento por tu cuenta, pero tu cuerpo te dice que no, que lo que toca es dormir hasta las 11 e irte de vermut como está mandao’.

Debates contigo mismo, llegas a un acuerdo y te enfundas las mallas. Y como es la primera vez que corres sola, esta vez decides correr con música. Y de paso estrenas los auriculares inalámbricos que te regaló tu mejor amiga como muestra de apoyo cuando le contaste el embolao’ en el que te habías metido (el de convertirte en runner en 77 días).

Y sales a correr. Y te pones a dar vueltas por la ribera del Ebro como los otros treinta runners vestidos con colores fluorescentes con los que aproximadamente te cruzas en los quince primeros minutos. El paisaje va cambiando al son de la música. Puente de Hierro, ribera, Puente de Piedra… No sabes muy bien si corres o estás grabando un videoclip. Pero tú te sientes así, una verdadera estrella de pop con tus mallas y zapatillas de deporte. Y se te olvida que estás corriendo, y tú solo corres y sigues corriendo mientras escuchas tus canciones favoritas durante tres vueltas seguidas. Y hasta pillas los semáforos en verde y no tienes que parar. Corres, esquivas perros y peatones… ¡y hasta cantas sin ahogarte!

Te empiezan a molestar las tibias y las rodillas como de costumbre al cabo de 20 minutos, pero inexplicablemente tienes fuerza para correr durante ¡16 canciones seguidas! Te preguntas qué ha pasado al llegar a casa con la cara completamente roja a punto de explotar. Ha pasado que has corrido para dejar atrás los pequeños problemas del día a día, para desconectar y sentirte libre y esta vez lo has conseguido y hasta tienes ganas de repetir. El subidón de correr con música es tan inexplicable que tras una ducha y sentarte en el sofá solo piensas en cuándo será la próxima vez que lo hagas. Porque esto no ha hecho más que empezar. Y al final sabes que le acabarás cogiendo el gustillo a esto de correr.

Reto 10K maratón: La terrible sensación de saltarse un entrenamiento

Lo confieso. Llevo tres días como runner y me he saltado un entrenamiento. Pero es que las agujetas hacen mella y también toda clase de dolores propios de empezar a hacer deporte. Y claro, hay días en los que cuesta cambiarse e ir a entrenar porque te duele el cuerpo entero. Cuesta, y mucho.

Pero sucumbir al cansancio y al agotamiento y quedarse en el sofá es un arma de doble filo que termina provocando un cargo de conciencia superior al que me imaginaba. Curioso.

Así que, tras esta primera mala experiencia, decidí cambiar el chip la próxima vez que sintiera la llamada de mi sofá.  Y es que hacer el esfuerzo de ir a entrenar y no saltarse un entrenamiento aún en los días en que te sientes cansado, merece la pena. Y lo digo por experiencia. Porque este mismo lunes fue así y lo que hice fue cambiarme y subir al Parque Grande tan rápido como pude. Sin tiempo para pensar si me lanzaba o no a la piscina (o de mirar si había agua o no) me lancé directamente.

En este caso he de decir me acompañaban las ganas de “resarcirme” tras no haber entrenado el último día. Y pese a saber que era probable que sufriera ya con los 20 minutos de calentamiento, (y así fue) también sabía que el resultado final merecería la pena. Porque cuando comienzas a meter en tu cuerpo el “gusanillo del running” necesitas seguir corriendo. Y cuidao, que yo era la primera que desconfiaba ante una afirmación así. Pero no. Sucede. Necesitas correr. Y lo necesitas porque tienes un objetivo que cumplir, algo que demostrarte a ti mismo, y cada zancada es un pequeño paso que te acerca a él.

Hoy tengo tres veces más agujetas que la semana pasada por el parón de saltarme un entrenamiento. Pero también tengo tres veces más ganas de seguir corriendo. No voy a parar. Y no me detendrá nada ni nadie. Quedan dos meses para el 19 de abril y allí estaré. 

Keep on running!

Kit básico del runner novato

Cuando uno empieza a correr surgen dudas. Eso es así. En mi caso, las primeras han venido de la mano de la época del año en la que he decidido empezar a correr: febrero. Porque claro, no es lo mismo correr en verano que correr en invierno.

Entonces, ¿cómo haces para correr con frío? Y, sobre todo, ¿qué te pones para correr con frío? Evidentemente correr con abrigo de lana y bufamanta, no es la mejor opción. La clave está en la ropa y en el número de capas. Lo aconsejable es llevar una primera capa térmica ajustada al cuerpo (mallas y camiseta), una segunda capa que puede ser más fina o gruesa en función del grado de “friolerismo” de cada uno y una tercera en forma de cortavientos o membrana impermeable si llueve. Gorro y guantes son también aconsejables. Lo que aprende una haciendo running, oye.

Por encima de los colorinchis que lleve tu ropa de runner (hay a quien le importa, pero yo de momento prefiero ir de oveja negra y pasar desapercibida) está el tema del tejido. Eso sí es importante. Porque no es lo mismo correr con una sudadera de algodón que cuando sudes se quede empapada, que con una prenda técnica y transpirable que no retiene tu sudor y te ayuda a mantener tu temperatura corporal. Así que sí, merece la pena invertir en este tipo de prendas.

Siguiente duda, ¿dónde meto las llaves, el móvil y una cartera (aunque sea diminuta)? Afortunadamente alguien se hizo esta misma pregunta hace tiempo e inventó una maravilla: los running belts o “cinturones portacosas”. Pesan poco, cabe de todo y se ajustan a tu cintura o cadera. La solución que hará que puedas correr sin llevar los bolsillos cargados o la mochila de lado a lado de tu espalda. 

Siguiente. Las zapatillas. Evidentemente no se puede empezar a correr con las zapatillas que te pones para “ir de sport” los domingos de vermut con tus amigas. Para correr lo que necesitas son zapatillas de running y a la hora de elegirlas debes guiarte por algo más que el diseño. Lo mejor cuando estás “tan verde” como yo, es dejarse asesorar. En mi caso en Running Zgz me han ayudado a dar con el modelo perfecto. Unas zapatillas chulas, adecuadas al entrenamiento que voy a hacer (porque no es lo mismo correr por ciudad que por el monte) e importante, dentro del presupuesto que tenía pensado.

Así que con mi kit de runner novata lista ahí voy, entrenamiento a entrenamiento, haciendo lo que puedo. Cada día tengo agujetas en una parte nueva de mi cuerpo, pero las endorfinas comienzan a hacer su trabajo y al terminar el entreno me voy agotada, pero con una gran sonrisa a casa. Cada día estoy más cerca de conseguirlo y eso me da fuerzas para seguir corriendo.

77 Días para convertirme en runner

Soy María. Tengo 35 años. Y soy de la clase de personas que no ha vuelto a correr desde que estaba en la EGB. Algo que no sería un problema de no ser porque mi trabajo me obliga a escribir sobre running. Así que, como no es lo mismo vivirlo que contarlo, he decidido convertirme en runner.  

Pero seamos realistas. No tengo la voluntad suficiente como para salir a correr por mi cuenta durante más de dos días seguidos sin poner una excusa. Me aburre y me cansa. Pero como no hay nada, o casi nada, para lo que Google no tenga solución, he dado con los grupos de entrenamiento de Running Zgz.

Empiezo a entrenar esta misma tarde e intuyo que van a ser las 11 semanas más largas de mi vida. Pero también las más emocionantes. Por delante, un verdadero reto. Algo que me ilusiona y aterra a partes iguales: correr la 10k del Maratón de Zaragoza el próximo 19 de abril. Algo que honestamente, sé que no sería capaz de hacer sin un grupo que me apoye y alguien que me guíe. Pero, para eso están los grupos de running, ¿no?

Demostrarme a mí misma que soy capaz de hacer algo que a día de hoy me considero completamente incapaz de hacer es un reto demasiado interesante como para no intentarlo a pesar de saber que voy a sufrir en el intento. Porque sí, soy de esa clase de personas que vive en un segundo y se ahoga subiendo las escaleras de su casa cuando el ascensor no funciona. Porque si hay que ser consciente del estado físico de cada uno, lo cierto es que el mío es -2.

Pero estoy decidida a intentarlo y, además, a hacerlo sin reblar. Soy consciente de que por delante me quedan meses de agujetas, de flato, de esfuerzo y cansancio, de ganas de abandonar… pero también de satisfacción. Porque la sola idea de correr la 10K del Maratón de Zaragoza y cruzar la meta en una Plaza del Pilar vibrante, llena de gente animando, aplaudiendo y en medio de un ambiente increíble e inolvidable, hace que se me pongan los pelos de punta y los ojos vidriosos. Y hacía tiempo que algo no me motivaba tanto.

Hoy empieza el reto. Voy a convertirme en runner en 77 días.