Correr en Zaragoza

Reto 10K: Ser runner no se valora lo suficiente

Ser runner (o intentarlo) no se valora lo suficiente. Esta fue mi conclusión del entreno de esta semana, que, por cierto, he de decir, fue mejor de lo esperado. Por una vez, fui capaz de mantener el ritmo constante y no acelerarme como es habitual. Que yo no sé qué maldita costumbre tengo de echar a correr como si me hubieran robado el bocadillo en el recreo. Pero vayamos por partes y empecemos por el principio.

Miércoles, 19.30hs. El cielo amenaza con romper a llover de un momento a otro, pero ya me he cambiado y tengo planes de ocio jueves y viernes, así que es ahora o nunca. Elijo ahora y salgo de casa con una buena dosis de motivación. Todavía no tengo mis ansiadas plantillas así que trato de mentalizarme de que debo ir despacio y parar si aparecen los dolores. Que por otro lado la semana que viene me voy de vacaciones y sería de traca disfrutarlas estando lesionada. Así que, sin pausa, pero sin prisa, salgo de casa en dirección hacia el Paseo Echegaray, pero esta vez, en dirección opuesta a la habitual para coger el Camino Natural del Ebro.

Tengo la impresión de que me cruzo con menos gente de la habitual haciendo deporte, y entonces caigo que estamos a 8 de julio y que, aunque la “nueva normalidad” de nueva tiene mucho, pero de normal tiene poco, lo cierto es que se nota que hay gente de vacaciones.

Continúo mi camino sin dolores, pero con mucho calor, más del que me esperaba cuando elegí ponerme mallas largas. Epic fail, está claro. El caso es que de repente mis auriculares se quedan en silencio y paro súbitamente irritada y desconcertada ante tal contratiempo. ¿Qué ha pasado? Las señoras jubiladas del banco de al lado cesan su conversación y guardan silencio mientras me miran con tal atención que me siento como la protagonista de aquel culebrón que veía con mi abuela cuando era pequeña y que tenía nombre de piedra preciosa. ¿Diamante? Ah no, Rubí, creo que se llamaba. En fin, que me he quedado sin batería en los auriculares así que no queda otra que continuar el entreno sin música. Sigo mi camino y dejo a las señoras con cara de querer saber qué ha pasado entre Cristina y José Alfredo.

Y claro, sin música ni compañía, tengo dos opciones, poner a mi cerebro a centrifugar para intentar solucionar los problemas del mundo, o simplemente correr y disfrutar del paseo. Pero cortocircuito y elijo la opción A. Hoy va la cosa de epic fails en cadena, parece ser… Pero como el calor aprieta, dejo la física teórica para otro rato y pongo el foco en el hecho de lo poco que se valora socialmente al runner. Que alguien practique golf, patinaje, rugby o incluso petanca, mola, pero, ¿que corra? Como todos tenemos dos piernas, cualquiera puede correr.

Pues no, señores no es así. Que ser runner tiene lo suyo y hasta que le coges el punto, pues divertido, lo que se dice divertido… no es. Duelen las piernas, las rodillas, las plantas de los pies, hace frío en invierno y calor en verano, si es verano además te acribillan los mosquitos tigre… y como eso hasta que no empiezas a correr no lo sabes, tampoco lo valoras. Así que, rompamos una lanza en favor de todo aquel que nos diga que sale a correr. Aunque sea una vez a la semana y unos tristes 6kms de media como una servidora. Que mi esfuerzo me cuesta.

Termino mi alegato mental en favor de los runners cuando me adentro en el Camino del Ebro. El cambio de superficie merece toda mi atención si no quiero perder el tobillo en una de mis extrañas zancadas supinadoras. Procuro mantener el ritmo, pero creo que involuntariamente lo bajo por miedo a tropezar y sin embargo noto que me cuesta más esfuerzo avanzar.

Miro mi aplicación en el móvil. 3,1kms. Momento de emprender el camino de vuelta a casa si no quiero pasarme y volver reptando como una culebra. Así que eso hago. A mitad del Paseo Echegaray el señor flato llama a la puerta. Vaya por Dios, no había venido ni se le esperaba, pero se ha pasado a saludar. Pues no me da la gana. Aprieto el abdomen y también los dientes, y continúo. Afortunadamente 50 metros más adelante un semáforo en rojo me obliga a parar y me devuelve a la vida. Será el karma, que a veces se porta un poco.

Llego a casa más cansada de lo esperado, pero contenta dentro de lo que cabe y dispuesta a mostrar mis respetos a cada nuevo runner que conozca desde hoy mismo. De momento, me voy a tomar una semanita de descanso para perderme en el paraíso entre montañas y cargar pilas. Aparco el reto 10K, pero volveré. ¡Vaya que si volveré!

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.