correr en vacaciones

Reto 10K: Haciendo amigos por el Piri

Hacer deporte en vacaciones es un propósito noble, o ingenuo, según se mire. El caso es que fue el que decidí adoptar la semana pasada cuando al hacer mi maleta, decidí meter en ella mis zapatillas de running. La suerte estaba echada.

Al llegar a mi destino vacacional, buenas sensaciones. Localicé un posible recorrido y fijé mentalmente un horario para entrenar al día siguiente, e incluso al otro, si me terminaba viniendo arriba. El resto del día lo dediqué a comer. Ya quemaría calorías mañana.

Martes 14 de julio. Ocho de la mañana. Preparada para correr. Quizá no tan preparada para hacerlo con los apenas 20 grados que debe de haber ahí fuera, pero es lo que tiene el Pirineo, y parece mentira que no lo sepa habiendo venido un millón de veces en verano.  Afortunadamente la maleta de mi hermana es como el bolso de Mary Poppins y saca de ella una sudadera y un cortavientos que me presta. Ahora sí. Lista para correr.

Un soplo de aire fresco venido directamente desde Peña Telera me despeina al poner un pie en la calle. ¡Ay Pirineo, cuánto te echaba de menos! Continúo calle abajo tratando de hacer el recorrido fijado en mi memoria y a la segunda curva me doy cuenta de que no reconozco el terreno. Malo (y difícil) será que me pierda…  Voy despacio, con cuidado de no hacer demasiado ruido porque las calles están desiertas y tengo la sensación de que si empiezo a hiperventilar voy a despertar a alguien.

Me cruzo con un grupo de gente con pinta de senderistas. Les doy los buenos días y todos me contestan amablemente… todos, salvo el perro, al que no le he gustado nada de nada y comienza a ladrarme gratuitamente de forma intimidante. Me hago la sorda, intento continuar, y busco con desesperación a su dueño entre el grupo de senderistas. Lo llama y no le hace ni caso, el bicho sigue ladrándome y yo empiezo a acongojarme. No si al final me muerde el dichoso perro, verás tú…. Llega corriendo, lo coge del collar y se lo lleva entre reprimendas mientras se disculpa reiteradamente ante mí. Yo intento recuperar mi dignidad diciendo que no ha sido nada y arranco a correr a lo loco para alejarme de aquel bicho endemoniado que me ha hecho sudar más en dos minutos que en todo el entrenamiento.

Acabo en una calle estrecha con casas de piedra a derecha e izquierda y frondosos geranios en los balcones. Bajo el ritmo para admirar la estampa, y porque, con honestidad, el flato no me deja vivir. La arrancada para huir del perro maldito ha tenido consecuencias. Pero como no me ve nadie y al fin y al cabo estoy de vacaciones, paro sin demasiados remordimientos de conciencia. Se acerca a lo lejos un simpático gato negro al que parece que le gustan los turistas. Espero caerle mejor que al perro de antes y parece que lo consigo. Se acerca a mí con intención de que le rasque la cabeza y observo que lleva a modo de collar una especie de pajarita. Qué elegante, oye. Continúo mi camino y hasta me sigue unos metros. Me entra la risa y como no, estoy a punto de caerme. Un día de estos mi pisada supinadora me va a costar un esguince de tobillo…

Continúo corriendo un par de calles más y llego al apartamento sin saber muy bien cómo. 20 minutos corriendo. Creo que lo dejo aquí. Ha sido un cuasi-entrenamiento, pero el día es muy largo y hoy toca pasar la mañana recorriendo el Portalet así que mejor guardar fuerzas.

Al llegar al apartamento, un festival gastronómico se abre ante mis ojos con un desayuno nivel top con el que creo que ingiero más calorías de las que había quemado. ¡Qué más da! Estoy de vacaciones y los excesos están permitidos. Ducha y hacia el Portalet, donde, por cierto, continúo haciendo amigos del reino animal y una yegua me sigue pradera arriba hasta que consigue hacerse con mis preciados anacardos. Hay cosas extraordinarias que solo pasan en el Piri. 

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