Reto 10K: Episodio II – El ataque de los guantes

Jueves. Día de entrenamiento. Y hoy toca ración doble porque el de la semana pasada me lo salté a la torera. Que no fui yo, ¿eh? Que fueron un cúmulo de circunstancias irreparables: un día que si la ola de calor africano, otro que si llueve, otro que si tengo la nevera como la de un piso de estudiantes y tengo que ir a comprar… total, que uno por otro, la casa sin barrer.

Así que el jueves me levanto motivada, temprano incluso, y pensando en que por la tarde toca salir a correr. Inocente… no imaginaba la que me tenía guardada el universo. Me pongo a hacer la cama para dejar mi habitación recogida antes de trasladarme a la oficina ubicada en el salón y en esto que no llego bien a la caja en la que guardo las sábanas que está encima del armario. Necesito una silla. Claro, una silla. Pero no podía coger una silla del salón, no, mejor cojo la de ruedas que tengo en mi habitación y que está más a mano. Qué más da que tenga ruedas y mi santa madre me haya dicho un millón de veces cuando era pequeña que no me subiera de pie en la silla de ruedas porque deslizaba… Así que, me subo a la silla, me pongo de puntillas, tiro de la sábana para sacarla de la caja, la silla se mueve inesperadamente y me caigo de morros al suelo. Increíblemente sigo de una pieza, pero me duele todo el cuerpo y no lloro por dignidad, que no por falta de ganas.

Como consecuencia de tan estrepitoso golpe, camino raro el resto del día y casi diría hasta que cojeo. Las 7. Pues no sé yo si estoy pa’ correr, oye – le digo a Miyagi en un audio de Whatsapp. María-San siempre con excusas, me contesta sin remordimientos. ¡Será …! Pues le digo que así, va a correr Rita. Que me duele la pierna y punto. Y a continuación me dice que ok, que descanse, que además como se marcha el sábado a Okinawa tiene que recoger la casa y hacerse la maleta. Vamos, que lo que no tenía este hombre eran ganas de correr.

Así que me siento en el sofá y pienso en merendar algo, y al abrir la nevera soy consciente de que vuelve a estar vacía. Definitivamente hay alguien que entra mi casa por la noche. ¿Cómo puede ser? Así que con toda la pereza del mundo decido que la única forma de remontar esa improductiva tarde es yendo al súper.

Llego con mi mascarilla y me detengo en el ya habitual punto de higienización de la entrada. Donde el gel hidroalcohólico y los guantes, vamos. Pero uy, que no son guantes… ¡que son bolsas para las manos! Muy bien, muy prácticas y super fáciles de poner. Sobre todo, porque lo de bajarte la mascarilla, chuparte el índice y despegar la puñetera bolsa no se puede hacer. Así que me tiro diez minutos de reloj en la puerta del súper discutiendo con esa maldita bolsa-guante ante la impasible mirada del guardia de seguridad, al que le veo reírse bajo la mascarilla. Total, que al final me harto y me aventuro a cruzar la línea y llevar un solo guante. A lo loco. Que llevo diez minutos ahí y me van a cerrar el super, al final.

Así que me pongo a recorrer pasillos con mi mano enguantada. Y doy una, dos, tres y hasta cuatro vueltas por el mismo pasillo buscando la dichosa lejía. Y doy otras tantas buscando bolsas para los tomates. Porque tiene narices la cosa, hay bolsas para las manos, pero no para los tomates. El mundo se va a la mierda. Continúo dando vueltas por los pasillos del laberíntico súper hasta que lleno la cesta. Llego a la caja, y el guante se pone bailongo y hace que se me resbale de la mano todo lo que saco de la cesta. El guacamole decide bajarse de la vida y sale por los aires, pero el chico de la caja está rápido y lo coge al vuelo. Resulta que tiene superpoderes y no me había dado cuenta hasta ahora. Vacío (al fin) la cesta, me quito la puñetera guante-bolsa maldiciendo y pago la compra con una sonrisa.

Llego a casa más agotada que si hubiera salido a correr con una idea clara en mi pensamiento: hasta que no cambien las bolsas por guantes, no vuelvo.

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