Reto 10K: Cuestión de supervivencia

Jueves, día de entrenamiento. Debería haber entrenado el martes, pero entre que el cielo gris amenazaba lluvia y que Miyagi estaba lesionado y no podía acompañarme, terminé por descartarlo.

Así que salgo de casa optimista, con ganas de correr, pero la alargada sombra de mis dolores de la semana se cierne sobre mi cabeza, a sabiendas de que no debo forzar porque hay una fascitis plantar incipiente en mi pie izquierdo y todavía no tengo conmigo las plantillas que espero que cambien mi vida como runner.

Así que, sin prisa, pero sin pausa. Pero cuando llego a Echegaray, por algún extraño motivo mis piernas se aceleran y mi cabeza olvida por completo lo de ir despacio. Consecuencia: quince minutos más tarde comienza el flato que intento retener como de costumbre, apretando como si quisiera cortar una hemorragia provocada por una herida de bala. Puedo aguantarlo, así que continúo ribera arriba intentando distraerme, observando a la gente haciendo yoga en pequeños grupos y pienso porqué no estaré yo también tumbada en la hierba relajándome en lugar de estar apretándome el costado. Cuando por fin parece que comienza a desaparecer el flato, mi cuerpo emite una nueva señal de alerta. El viejo dolor en la rodilla ha vuelto a escena y a este no lo contengo por mucho que apriete. Así que no me queda más remedio que parar en medio de mi frustración y continuar caminando. Pero el partido no podía quedar así y en cuanto ambos dolores cesan del todo, vuelvo a intentarlo de nuevo.

Esta vez a un ritmo más controlado, que me permite disfrutar de la puesta de sol con el Pilar de fondo y reconocer y saludar a mi tío Edu entre la multitud, algo nada fácil porque la ribera está que parecen Fiestas del Pilar. Continúo por el Puente de Hierro, y enfilo Echegaray de nuevo, esquivando bicis, viandantes, patinadores y mosquitos. Que esa es otra. ¡Hoy van a dar! A pesar de haberme “fuñigao” en Relec antes de salir de casa, cuento ya tres impactos por mosquito: uno en el ojo y dos en la cara e intuyo que el próximo va a acabar en merienda… y así es. ¡Qué asco! En fin, proteína, al fin y al cabo. Continúo corriendo y vuelvo a parar un poco más adelante. Me duele la pierna y hasta cojeo. Definitivamente, o dejo de correr y me voy a casa o continúo caminando. ¡Ay si Miyagi me viera por un agujerito qué bronca me hubiera echado! Pero qué le voy a hacer si soy terca como buena aragonesa.

Decido sobrevivir, y ello implica continuar el resto del entrenamiento caminando. A buen ritmo, eso sí. Nada de ir de paseo. Y de nuevo me encuentro con gente. Turno para mi amiga Eli, su pareja y su pequeña India. Casi nos ha costado reconocernos con las mascarillas y mi disfraz de runner. Me alegro de haberlos visto. Continúo hasta el puente de Santiago y doy la vuelta en dirección a casa, tentada a intentar correr una vez más, pero sé que no tiene ningún sentido ignorar las señales de mi propio cuerpo. Así que aplico la cordura y me limito a caminar. Estoy a punto de llegar al coso cuando recuerdo que me he olvidado de la foto que tendrá que acompañar este post, así que doy media vuelta hasta el Puente de piedra. Hago lo que puedo teniendo en cuenta que la fotografía no es lo mío y, ahora sí, emprendo el camino de vuelta a casa.

Casi dos horas después de haber salido de casa, vuelvo a cruzar la puerta entre maullidos descontrolados de mi señor gato, que me reclama la cena con insistencia. No tengo ni idea de cuántos kilómetros he corrido y cuántos he andado, pero he logrado aguantar a pesar de los dolores y decido recompensar mi esfuerzo con una cervecita en la ventana como en los tiempos de confinamiento. Solo por esto merece la pena entrenar, o intentarlo, al menos.  

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