Reto 10K: 7.000 metros. Sola y en verano

Martes. Día de entrenamiento. Miyagi ha tenido un percance cambiando la rueda de su bicicleta y me dice que llegará tarde, pero yo tengo demasiadas ganas de salir a correr como para estar esperando, así que me lanzo a recorrer el meandro yo sola.

Está nublado y el bochorno persiste. Parecía que iba a hacer menos calor del habitual, pero hace el mismo que la semana pasada. Afortunadamente los mosquitos parecen haberme dado una tregua… o eso, o el antimosquitos que me recomendaron por ser “capaz de ahuyentar incluso a las personas” es verdaderamente eficaz. El caso es que sigo corriendo sin preocuparme por ellos, conteniendo leves amagos intermitentes de flato que no van a más y disfrutando de todo lo que sucede a mi alrededor. Porque parece que, aunque hoy hay menos gente corriendo, los alrededores del meandro se han llenado de vida. Hay gente paseando, alimentando a los patos, montando a caballo, niños en bici, perros recorriendo obstáculos, gente tomando algo en terrazas que hasta ahora permanecían cerradas… incluso unos insensatos en bañador lanzándose al agua. Sin comentarios. Como dice la madre de un amigo mío en su inmensa sabiduría: “El que nace tonto, no es pa’ un día”.

El caso es que sigo adelante, acompañada por una nueva y acertada selección musical cortesía de Spotify y en ese momento Miyagi me pregunta donde estoy. Se sorprende cuando le digo que estoy a la altura de la Torre del Agua: “Hoy ir fuerte, María-San”, dice. Puede ser. Llego a mi destino, doy la vuelta y me cruzo con él y su camiseta del Sol naciente. Me va a dejar ciega un día de estos. Seguimos corriendo de vuelta e incluso hablando, (un logro que hace tres semanas era impensable) Pero… oh, oh… al llegar al Palacio de Congresos tengo que parar porque mi pierna izquierda no responde. Me venía molestando todo el camino, pero creo que mis ganas de darlo todo habían estado haciendo oídos sordos a ese extraño dolor que tiene pinta de ser muscular y que me convierte súbitamente en el pirata patapalo. Volver a casa en taxi se empieza a perfilar como una opción…

Estiramos, cervecita exprés y emprendo el camino de vuelta a casa. Parece que en este rato mi pierna se ha recuperado, así que descarto lo de volver en taxi o tranvía y me lanzo a caminar a buen ritmo. Ilusa. En Echegaray vuelven los dolores, pero estoy al teléfono con una amiga y nuestras tonterías varias hacen que sean más llevaderos los pinchazos que experimento. Está claro que hay amigas que son como el Jägger, porque con ellas te olvidas de todo.

Llego a casa como puedo pensando en qué tengo en la nevera para cenar, hasta que veo la luz. No la del final del túnel, sino la del Museo de la Tortilla, que todavía está abierto. Mi salvación. Ya en mi sofá, disfruto de esos dos pinchos de tortilla de patata con cebolla recién hechos, mientras, a falta de la clásica bolsa de guisantes congelados, me pongo la funda para enfriar el vino en la pierna y mi señor gato me cuestiona con estupefacción. 

Viene a mi memoria el título de un libro que le regalé hace tiempo a mi padre del montañero Fernando Garrido: “8.000 metros. Solo y en invierno”.  Seguro que él también se comió un pincho de tortilla al regresar. 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.