Reto 10K: El sabor de la libertad

Tal y como apuntaban todas las apuestas, la noche del viernes al sábado pasado no pegué ojo. No venían los Reyes, ni me encontré con el supermercado de Smoby junto al árbol como sucedió cuando tenía 6 años, pero me levanté con la misma ilusión (y eso que apenas había dormido 5 horas).

Café junto a la ventana que ha hecho durante casi dos meses las veces de balcón, mallas, camiseta, zapatillas, auriculares, mascarilla… y la calle, al fin.  Sabía que debía tomármelo con calma, ir poco a poco, estirar antes de empezar a trotar… y sabía también que no haría nada de eso. Llevaba tantos días esperando ese momento, que salí del portal de mi casa a las 8.15 de la mañana corriendo como hubiera estado dos meses castigada sin recreo. Pero es que, a decir verdad, lo había estado un poco. Y sin portarme mal ni hacer nada para merecérmelo.

Al llegar al Paseo Echegaray, estupefacción absoluta. ¿Pero a qué hora se ha levantado toda esta gente? ¡Esta gente no ha dormido! Había que evitar la marabunta de bicis, runners, paseadores, curiosos y patinadores a toda costa, así que, en una mala jugada por parte de mi subconsciente me dejo llevar por su ridículo consejo: “Vete hacia el Parque del Agua, que no habrá nadie” Error 404, como diría Ana Millán. Pensamos lo mismo miles de zaragozanos. Pero no pasa nada. Estaba empezando a ahogarme, el sol empezaba a picar y a pesar de eso me sentía la persona más afortunada del mundo. Había ratos incluso que no podía reprimir mis ganas de reír, y se me escapaba alguna pequeña sonrisa que una señora con la que me crucé furtivamente me devolvió. Qué salada.

Llego a la Expo. Más gente, más calor, más cansancio y menos fuerzas. Hay que parar. Pero aún caminando, aquella vuelta a la vida o a la “nueva normalidad” como la llaman, me estaba sabiendo a gloria. Era una especie de extraña primera vez. Transitar un lugar por el que, aunque había recorrido hasta la saciedad en mis tiempos de patinadora, parecía estar redescubriendo. Y creo que no era la única, porque observando, me di cuenta de que éramos muchos los que caminábamos mirando a diestra y siniestra, con los ojos bien abiertos, como un ejército de zombies en mallas y con más ganas de repartir abrazos que de comer cerebros. 

Las 9. Hora de iniciar la vuelta a casa en compañía de unas incipientes agujetas. ¿Pero qué broma es esta? Pues no. No era broma. Era real como la vida misma. Me dolían las caderas y los cuádriceps con cada paso que daba y todavía había que hacer 4.5kms más, así que estaba claro que no iba a ser corriendo. Y mientras transcurría mi monólogo interno, no hacía más que cruzarme con gente que corría en dirección opuesta a mí a una velocidad inexplicable. Seguro que eran de los que tenían una bici estática en el balcón como mi vecino. Eso lo explicaría todo.

Ya de vuelta, y a ritmo de New York, New York de Frank Sinatra sonando en mis auriculares a todo trapo (caprichos del modo de reproducción aleatorio) me entretengo clasificando en grupos a los zombies con los que me encuentro. Y los hay para todos los gustos. Chicas vestidas como para ir de vermut y posterior tardeo que paran en el Puente de Piedra para hacerse un selfie que subir a Instagram; señoras no tan jóvenes con la chaquetilla del chándal atada bajo las axilas que caminan a buen ritmo mientras debaten entre ellas sobre cuál es el secreto de la bechamel en las croquetas; parejas que caminan con sus manos enguantadas mientras se miran acarameladas cuál Romeo y Julieta (y que definitivamente no tienen pinta de haber pasado el confinamiento juntos) o insensatos adolescentes que no habían vuelto a usar los patines desde su primera comunión y han visto en este día la oportunidad de oro para hacerlo.

Y así es como zombie aquí, zombie allá, llego a casa trotando (porque he decidido sprintar los últimos 600 metros para sentirme menos culpable). Las 9.57hs. No estamos como para regalar tiempo de libertad. Otra vuelta más a la manzana. Las 9.58hs. Ahora sí. Ducha, cervecita y unas gildas como recompensa. Me tiro en el sofá. No puedo con la vida, pero qué bien sabe la libertad.

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