Reto 10K: Cuando los astros se alinean para que no salgas a correr

Definitivamente hay una confabulación planetaria en mi contra. Bueno, no en mi contra directamente, sino contra el hecho de que salga a correr. Y no lo digo por decir. A las pruebas me remito…

Prueba número 1. Sábado pasado, me levanto con todo el sueño del mundo a las 07.30 dispuesta a salir a correr con el sol de la mañana. ¿Qué me encuentro? Un cielo más negro que el betún. No pasa nada, he madrugado y llevo una optimista dentro. Hoy, se sale a correr. Con las mallas puestas y a punto de salir de casa, me asomo a la ventana y me topo con la cruda realidad. Llueve. Y ni tengo ganas de llegar a casa como un pollico mojao ni me veo corriendo paraguas en mano. Activamos plan V. Vaqueros, cazadora, paraguas y a pasear.

Prueba número 2. Tras el intento frustrado del sábado y teniendo en cuenta que el viernes noche había cenado una pizza de tamaño desproporcionado con la esperanza de quemarla durante mis entrenamientos del fin de semana y aún no lo había conseguido, vuelvo a madrugar con la intención de salir a correr. El cielo amenaza, pero no llueve. Me la juego y salgo. Y comienzo a trotar… y comienza el flato a los avergonzantes 10 primeros minutos. Paro, camino a buen ritmo para recuperarme activamente y cuando diviso a lo lejos hordas de runners, vuelvo a correr para mantener la poca dignidad que me queda. Pero tengo que volver a parar poco después porque ahora son las rodillas lo que me duele. ¿En qué momento mi forma física ha caído de esta estrepitosa forma? Continúo caminando deseando no encontrarme con ningún runner conocido. Porque para más recochineo llevo puesta la camiseta de la 10k del Maratón del año pasado, como una suerte de irónica profecía que me anuncia que a este ritmo, eso va a ser lo más cerca que esté de una 10K.

Y como no hay dos sin tres, ahí va la tercera de las pruebas que confirman mi teoría. Lunes por la tarde. Primer día de la fase 1. Las tiendas han abierto al fin y yo necesito unos vaqueros, así que salgo de mi casa con esa misión por cumplir aprovechando que la lluvia que caía hace media hora ha parado. Bajo la calle con normalidad hasta que… hasta que resbalo, pierdo el equilibrio, caigo de culo al suelo y reboto con la cabeza en la acera. Mi móvil, el paraguas y la bolsa que llevaba en la mano salen por los aires y unos chicos que estaban trabajando en la pizzería de al lado salen en mi ayuda con la expresión de haber visto a la niña de la curva. Me ayudan amablemente a levantarme del suelo y al hacerlo, llega el cúmulo de catastróficas desdichas. Se me empieza a nublar la vista, ¡trae una silla que se marea!, un pitido que suena, voces al fondo, ¿por qué está todo lleno de humo blanco? ¡trae otra silla que hay que levantarle los pies!, brazos que me cogen en volandas levantan por los aires, calor, frío, frío calor… recupero la visión y me traen un refresco con azúcar que me devuelve a la realidad. Madre mía que mal rato. La expresión de sus caras cambia del susto inicial a las risas. Pobres, he debido asustarles. Se vienen arriba y me traen un trozo de la mejor tarta de chocolate casera que me he comido en la vida. Está tan buena que hace que merezca la pena haber montado semejante circo en un momento. En esto que un vecino de otro local contiguo se acerca cauteloso, móvil en mano, guantes y mascarilla mediante. Me pregunta mi edad y si tengo patologías previas, ¿está pidiendo una ambulancia? – pregunto a mis nuevos mejores amigos y ángeles de la guarda – Sí, creo que sí… Pero si yo ya estoy bien – contesto sonrojada – mientras el señor vecino me recuerda que me he dado un golpe en la cabeza y podría tener un coágulo de sangre en el cerebro. Bueno vale, visto así, mejor que venga. Pero de momento sigo disfrutando de mi deliciosa tarta desde mi silla en medio de la acera, mientras mis salvadores cuidan de mi y hasta sujetan el paraguas abierto para que no me moje porque han empezado a caer cuatro gotas. Me siento como un piloto de Moto GP, oye. Suena a lo lejos una sirena, llega primero la policía local abriendo la comitiva y preguntándome si estoy bien, y a continuación la ambulancia, me piden que suba dentro y comprueban que efectivamente solo ha sido un buen cacharrazo y estoy perfectamente bien. Me despido de todo el mundo dando las gracias ochocientas veces cual vedette en un estreno y caminando calle abajo como el gran Chiquito de la Calzada. Creo que no voy a poder sentarme ni mucho menos correr en lo que queda de semana, pero me voy sabiendo que aún queda gente buena por el mundo. La humanidad aún puede salvarse.

2 comentarios
  1. José Miguel
    José Miguel Dice:

    Hola Compañera

    No creo que exista la mala suerte. Sólo gente que cree en ella.
    Tu crees en tí, con lo que estás lejos de un posible estado de «mala suerte».

    Me encantan tus relatos. Los estoy disfrutando como lo hago con la Maratón.

    Suerte y ánimo 🙂

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    • webadmin
      webadmin Dice:

      ¡Hola compañero!

      Muchas gracias por este chute de energía buenrollera para comenzar el viernes y el resto del fin de semana 🙂

      ¡Suerte y ánimo para ti también con los entrenos!

      Responder

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