Reto 10K: Como Daniel LaRusso en Karate Kid

Diez días después de que los astros se alinearan y me pegara el castañazo de mi vida en plena calle, decidí que había llegado el día de volver a calzarme las mallas y las zapas y salir a correr desafiando a mis propios dolores que todavía hacían acto de presencia.  No estaba nada segura de si sería un gran éxito o un fracaso de iguales proporciones, pero había que probar. La vuelta a los escenarios bien merecía la aparición de un invitado estelar, así que logré engañar a un amigo para que hiciera de liebre. Pero lo que el pobre no sabía es que le iba a tocar hacer de liebre, de sparring y hasta de experto en coaching, si me apuras.

Comenzamos corriendo en la Expo y al llegar al meandro ya hubiera parado si no fuera por la vergüenza que me daba reconocer que no podía ya más. Bendita vergüenza, que unida a los consejos, jaleos y vítores de mi paciente amigo me hizo llegar hasta nuestro destino entre algún que otro quejido por mi parte. “Te doy dos minutos para que te recuperes y mientras yo sigo corriendo”, dice mi amigo. Yo no tengo fuerza ni para contestar. Musito un “Tira, tira” ininteligible mientras centro toda mi atención en seguir respirando y apartar mosquitos. No había terminado de volver a la vida cuando aparece indicándome que me dé la vuelta y arranque a correr de nuevo. “¡¿Yaaaa?!”, contesto con cara de desesperación mientras asiente y me mira con una serenidad propia del Señor Miyagi (y temo que me haga dar cera y pulir cera al llegar a nuestro destino).

Parece que la vuelta está siendo más “fácil” que la ida, hasta que me confío y… ¡zasca! Pinchazo a traición en forma de flato en el costado. Tengo que parar súbitamente. Un «epic fail» en toda regla. “Sigue, sigue tú”, le digo mientras llego a la conclusión de que eso no es flato, ¡eso es que me están haciendo vudú! Sin embargo me recupero rápido y decido volver a trotar. Al cabo de un rato mi amigo vuelve aparecer por allí corriendo, pero fresco como una lechuga. Me mira con cara de sorpresa cuando me ve corriendo a mí también. Normal. Creo que se esperaba encontrarme llorando en un rincón y motivos no le faltaban. El caso es que seguimos los dos corriendo al mismo ritmo, adelantando paseantes, esquivando mosquitos y pelusas voladoras que me atacan a traición y al fin, llegamos a la Expo de vuelta. “¿Ya?” Ahora soy yo la que seguiría hacia delante. Tiene c*** la cosa. “Casi 8 kilómetros, ¿eh? ¡Está muy bien!” “¿En serio?” – contesto con más estupefacción que el emoji ojiplático – En el fondo sé que exagera y han sido solo 6, pero me dejo engañar y me voy feliz creyéndome mi propia mentira.

Tras el esfuerzo, cervecita en forma de recompensa. Solo por eso merece la pena sufrir un poco corriendo. La vuelta a casa la hago caminando, escuchando música y comenzando a sentir el efecto de las endorfinas corriendo por mis venas. Se me había olvidado el subidón que te provocaban.

Al llegar a casa, ducha, cenita ligera y sana, e intento fallido de irme pronto a dormir. Las endorfinas, que hacen que tenga energía como para irme de fiesta y hasta de after. Me siento un poco como el mítico Neng de Castefa interpretado por Edu Soto.  El caso es que amanezco con la sensación de no haber pegado ojo, pero estar prácticamente recuperada. Me va a costar unas cuantas cervezas lo de tener entrenador personal, pero definitivamente necesito la sabiduría del Señor Miyagi a mi lado.

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