Reto 10K: Sobrevivir al confinamiento sin cocinar

Hay quien dice que el gran reto del confinamiento es sobrevivir a él sin divorciarse. En mi caso, el verdadero reto no es este – pues mi única compañía maúlla y tiene cuatro patas -. Es sobrevivir sin cocinar. Desde luego, no podré decir que sea por falta de tiempo. En mi caso es por una combinación entre falta de conocimientos, ganas y ausencia de logística cocinil elevada al cuadrado.

¿Qué cómo he llegado hasta aquí? Veréis, como buena runner tengo una guerra declarada a los ultraprocesados, así que antes de que el mundo se parara por el coronavirus, mi existencia se basaba en un intercambio semanal de tuppers vacíos por tuppers llenos de saludable y deliciosa comida casera. ¿Vergonzoso a mis casi 36 años? Para nada. Motivo de orgullo, más bien. No hacerlo sería un insulto a la alta cocina que sale de los fogones de casa de mis padres.

Así que ahora, privada de mi método básico de subsistencia y habiendo comprobado que no puedo sobrevivir comiendo tortilla precocinada del súper durante tres semanas seguidas, no me ha quedado otra que adaptarme. Y digo adaptarme porque no tengo muy claro si lo que hago puede llamarse cocinar. En cualquier caso, todo sea por fastidiarle la estadística a los agoreros que afirman que cada español engordará durante el confinamiento una media de entre 3 y 5 kilos. Pues no pienso. A ver quien corre luego con extra de equipaje.

Afortunadamente, tengo en esta batalla, un fiel escudero: el microondas. Colocado por cierto a una distancia poco práctica, sí, – apenas llego a él de puntillas, lo cual hace que piense que el anterior inquilino de mi piso debía ser el gigante de Big Fish – pero que, en el fondo, le confiere metafóricamente el épico lugar que ocupa en mi vida. Perderlo, sería un verdadero drama. Vamos, que me iba a alimentar de caramelos.

Cruzo los dedos para que mi fiel amigo el microondas continúe a mi lado y añado en mis tropas las múltiples ideas para negados de la cocina que circulan por la red: recetas elaboradas con latas; recetas saladas con avena, bizcocho de aguacate o pan casero sin horno son solo algunas sugerencias. Y lo mejor de todo es que parecen fáciles y saludables.

Frivolidades aparte, supongo que tengo suerte de que mi mayor preocupación sea algo tan banal como no engordar durante la cuarentena – pese a entrenar religiosamente con mi palo de la fregona sentadilla arriba-sentadilla abajo todos los días –. Otros no la tienen. Y no la tienen porque han perdido su trabajo precario y con él su única fuente de ingresos con la que mantener a una familia entera. Para ellos hay en marcha una serie de medidas impulsadas por el Gobierno y un sinfín de voluntarios trabajando en bancos de alimentos y otro tipo de asociaciones. Pero, mientras esa ayuda llega, ¿cómo sobreviven? Porque eso sí es sobrevivir. Y no lo que hacemos otros mientras vemos Netflix desde nuestro sofá, con la calefacción puesta, comiendo palomitas y con la nevera a tope. Lo nuestro solo es “vivir”. Sin el “sobre” delante.

Pero lo peor es que cuando todo esto se acabe, si la anunciada sacudida económica llega, estos supervivientes serán, lamentablemente, carne de cañón. Empecemos entonces a plantear soluciones. Y no, evidentemente no vale mirar hacia otro lado. Lo hemos hecho durante mucho tiempo y así nos ha ido: primero el calentamiento global, ahora el coronavirus… Aprendamos entonces y recordemos después. Porque “un pueblo que no conoce su historia, está condenado a repetirla”.

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