Reto 10K: Luz al final del túnel

El domingo pasado me levanté temprano, a eso de las 11, con una sensación extraña. En el calendario de abril que tengo junto a mi cama, un gran círculo de colorinchis rodeando el día 19 me recordó que ese tendría que haber sido el gran día. El día que corriera mi primera 10K.

De no haberse parado la vida en la Tierra hace ya mes y pico, seguramente hubiera dormido poco la noche anterior fruto de los clásicos nervios de cualquier principiante, me habría levantado antes de las 6, habría desayunado tres veces, visto las noticias del 24 horas en bucle y deambulado por casa intentando aplacar mis nervios escoba en mano (cada uno se desestresa como quiere) ante la estupefacta mirada de mi señor gato que definitivamente creería que su humana se había vuelto loca.

Habría llegado a la plaza del Pilar temprano, con tiempo suficiente para hacer muchas fotos con las que documentar ese día histórico en la película de mi vida (no fuese cosa que no volviera a repetirse). Más tarde me habría reunido con mis compañeros del grupo de entrenamiento, buscado la liebre de 60’ para tomar posiciones y mi cuerpo habría empezado a generar adrenalina según se acercaba la hora zulú, las 08.45.

Con el corazón en la boca, las manos frías y las piernas temblando, habría empezado a correr al escuchar el pistoletazo de salida. Despacio, a mi ritmo, como nos había grabado a fuego mi entrenadora. Paseo Echegaray, Puente de Santiago, Puente de Hierro, Echegaray de nuevo, César Augusto… seguramente las piernas me hubieran empezado a doler en este punto, mi compañera Marta me hubiera preguntado cómo voy, y yo, como Antoñita La Fantástica hubiera sonreído con toda la dignidad posible como si no estuviera al borde de la muerte. Don Jaime, Plaza de España, Independencia… – ¿pero por qué c*** subimos?, hubieran preguntado agotadas mis piernas – Plaza Aragón, Independencia de nuevo, Coso, Plaza San Miguel, Paseo de la Mina – aplausos espontáneos de viandantes – Alierta, vuelta hacia la Plaza San Miguel, Coso, San Vicente de Paúl – más aplausos – Echegaray, Don Jaime, – Marta que me grita ¡vamos que ya lo tienes! y mis lágrimas a punto de estallar – y al fin… la plaza del Pilar. Un carrusel de emociones se agolpa en mi mente: tengo frío, calor, ganas de gritar, de llorar, de reír… pero lo único que hago es seguir corriendo con la meta como único horizonte…

Suena el despertador. Las 12. Joder, me he vuelto a quedar frita y tengo a Furia maullando desesperadamente al otro lado de la puerta. Me preparo un café, le doy de comer y me siento en el sofá móvil en mano. Vídeos de gente jugando con rollos de papel higiénico, recetas gourmet de gente que no había tocado el horno en su vida… anda, han publicado algo en el Facebook del Maratón. Doy un trago largo al café (y de paso me quemo) y leo con atención.

Todo apunta a que el 8 de noviembre será la fecha elegida para correr el Maratón y la 10K. Me levanto como una flecha del sofá, tropiezo con el cable del portátil y camino como un miura en dirección al calendario junto a mi cama. Localizo el 8 de noviembre y lo rodeo con todos los subrayadores que encuentro en el cajón de la mesilla. Mi calendario parece ahora un cuadro de Pollock. 7 meses por delante para lograr un sueño. ¿Y si empiezo por ponerme las mallas? También podría empezar por tirar las reservas de chocolate de la despensa… mejor me voy a por las mallas. Hoy me merezco un Huesito (y una cerveza) para celebrarlo.

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