Reto 10K: De runner a voyeur en un solo paso

Pasar 24 horas en casa tiene consecuencias. Y la primera de ellas es que cada día tengo menos de runner y más de voyeur. Pero lo mío no es mirar por la ventana con ánimo espiatorio, ojo, que yo si miro es por puro aburrimiento. Y a veces una se encuentra con unas cosas… que hubiera preferido no ver. Esta misma mañana, sin ir más lejos. Abro la ventana del salón café en mano y con la cara aún sin lavar, y me encuentro con el vecino de enfrente que sale en ropa interior al balcón (estampada, para más inri) a desperezarse como un oso pardo del Pirineo. Y lo hace además acompañándolo de un sonoro bostezo que alcanzo a oír, ruidos varios ininteligibles y de una rascadita de… espalda (si, yo también me he temido lo peor) contra la pared antes de abandonar el balcón como si allí no hubiera pasado nada. El shock ha sido tal que he permanecido inmóvil durante un par de minutos en la ventana, mirando al vacío, procesando esta surrealista escena propia de “Torrente, el brazo tonto de la ley” que francamente hubiera preferido no contemplar. Está claro que no volveré a a mirar igual al sonriente vecino de enfrente durante los aplausos de las 20hs.

Pero claro, cada uno en su casa, y en su balcón, hace lo que quiere (y puede) y no siempre somos conscientes de que vivimos en una especie de Gran Hermano nacional en el que siempre hay alguien cerca que está viendo lo que haces porque, sencillamente, no tiene nada mejor que hacer. Y yo, soy una de ellos. Pero claro, si contemplo esta escena desde el ángulo opuesto… ¿qué pensarán de mi los vecinos cuando los sábados por la mañana me pongo a bailar zumba en el salón poseída por el espíritu de Daddy Yankee? Para empezar, que carezco de coordinación alguna y para continuar, que tengo un gusto musical cuestionable. Pobres. No saben que lo hago por ellos. Para que cuando quite la música aprecien de verdad el valor del silencio.

Siguiendo con los indiscretos balcones y toda clase de actividad que se desarrolla en ellos, el otro día, mirando por una ventana de las que dan a otra calle distinta que la del vecino poco decoroso, descubrí a un vecino entrenando en su bici estática. Ahí, en el balcón, dándolo todo con su maillot de ciclista profesional y sudando como si subiera el Tourmalet. Y qué rabia me dio. No solo tiene balcón el tío, sino que, además, tiene bici estática. Si ya tiene perro y papel higiénico como para una boda, el acabose. En el fondo le deseé que después se metiera un atracón de ultraprocesados que tirara por tierra toda la sudada que se había pegado. Por insolidario, hombre ya.

Pero no todo es malo cuando una mira por la ventana. También tengo otro vecino al que no veo, pero sí oigo, que nos dedica los viernes por la tarde versiones de La Fuga, Fito y los Fitipaldis, Marea, Vetusta Morla o Los Despistaos mientras nos grita, “¡Venga vecinos, que hay que echar la tarde!” o para de repente “para preparase otro cubatilla porque es fin de semana”. No tengo ni idea de como se llama, pero la próxima vez que salga a hacer la compra le voy a dejar un fuet en el buzón con una nota de agradecimiento. Porque ya se sabe que el fuet es universal y le gusta a todo el mundo.  

Aaay, ventanas. ¿Qué haríamos sin ellas estos días? Yo, comer peor de lo que como para matar el rato. Me consuela saber por mis amigas que no soy la única que lo hace. Con esto, lo que está claro es que el día que podamos, al fin, salir a la calle a correr, además de que habrá más tráfico que en el Paseo Echegaray en hora punta, las calles estarán llenas de dos tipos de runners: los hipertrofiados – como mi vecino el Induráin del balcón – y los gordifuertes como una servidora. Porque sigo entrenando, pero seamos sinceros… no he comido más chocolate en mi vida. Pero yo soy de la opinión de que el cuerpo es sabio y hay que hacerle caso. Y si te pide un huesito, o dos o tres… pues hay que dárselos. Que hay que apoyar el producto local y además no estamos como para negarnos pequeños caprichos con la que tenemos encima.

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