Reto 10K: Cuando entrenar en casa se convierte en actividad de alto riesgo

Seguimos en este perpetuo estado pseudovacacional llamado cuarentena. Ese estado en el que vistes pija-chándal (pantalón de pijama y sudadera de chándal), no sabes muy bien en qué día de la semana vives, no recuerdas cuál fue el último día que te duchaste y cualquier excusa es buena para comer un martes las “guarradas hipercalóricas” hasta ahora reservadas para el fin de semana. Y en esto que en esta película de ciencia ficción de la que todos somos inesperados protagonistas, tú intentas poner un poco de cordura y decides tratar de recuperar rutinas. Empezando por tus rutinas de entrenamiento.

Entrenaré tres días a la semana, como hacía antes (afirmé ilusa en la semana uno). Ya… pero lo cierto es que vamos por la cuatro y de dos cuasientrenamientos – lo siento, hoy me ha dado por los prefijos – no he pasado. Porque entrenar lo que se dice entrenar en serio… pues tampoco es lo que hago. Yo me esfuerzo y me calzo mis mallas y mi ropa fluorescente de runner, pero es que son muchos los obstáculos y trampas a los que una debe hacer frente cuando se trata de intentar entrenar en casa. Vamos, que, si Indiana Jones hubiera tenido que hacerles frente, todavía está buscando el Santo Grial en La última cruzada. Y eso que él tenía un sombrero fedora y un látigo. Que yo no tengo ni la codiciada esterilla de yoga…

Pero es que entrenar en casa cuando cuentas con unas dimensiones reducidas que te obligan a mover más muebles que si estuvieras haciendo una mudanza y con un gato hiperactivo que no te quita ojo de encima…  acaba por convertirse en actividad de alto riesgo. ¡Qué suerte! (dirán los enfermos de la adrenalina que ahora no pueden hacer puenting). Pues no amigos, de suerte nada. A esos los invitaba yo a tratar de completar un entrenamiento completo sin acabar con una moradura en alguna parte de su cuerpo por colisión inesperada contra esquina de mueble (porque son como las columnas del parking, que se mueven adrede para darte).

Pero ojito que la cosa no acaba aquí. Porque cuando se alinean los planetas y consigo realizar mi cuasientrenamiento a ritmo de los grandes hits latinos del momento sin heridas de guerra y me dispongo a terminar ejercitando el core, entra mi señor gato en acción. Tiendo mi alfombra del baño en el salón a modo de esterilla, me tumbo, comienzo las series de abdominales y de repente… ¡zasca! Cazada por la espalda. Hombre, por favor. Este gato no tiene principios. El código samurai lo deja bien claro: atacar por la espalda está prohibido. Acaba de mancillar su honor y en lugar de hacerse el harakiri se tumba tripa arriba para que le rasque.

Soporto estoicamente varias emboscadas felinas sin grandes consecuencias más allá de los tres microinfartos sufridos, estiro un poco y me voy a la ducha con los riñones doloridos. Definitivamente esa alfombra de baño no sirve para hacer las veces de esterilla.

Hoy he entrenado así que, me lo he ganado, ¿no? Me repito como un mantra cuando abro la nevera y miro con codicia el pack de cervezas (como si fuese a venir alguien a robarme alguna…) Abro la cerveza, una latita de olivas para acompañar y me siento junto a la ventana. Prueba superada. Un día más, un día menos. Furia aprovecha y me da un mordisquito en el pie. Eso es que está de acuerdo.

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