Reto 10K: ¡Comienzan los Juegos del hambre!

Todavía no me creo que este sábado vaya a ser EL DÍA. Como yo, ejércitos de runners con ropa fluorescente llevábamos esperando desde el pasado 14 de marzo el momento en que cambiásemos el parqué del salón por el asfalto de las calles. Y ahora que sabemos que el día se acerca… a mi me va a faltar tiempo.

Tiempo para llevar a cabo los Juegos del Hambre, por ejemplo, cuyo inicio he decretado oficialmente en mi casa. Porque siendo sincera, todo este tiempo he estado entrenando con mallas de estar en casa de las que no aprietan, pero sí engañan, y ahora que me acabo de probar mis mallas de running soy consciente de que voy a salir de casa más apretá que la Kardashian. Mona, pero apretá. Que a ver si me va a dar un tabardillo porque no me circula la sangre por las piernas…

Pero si solo fuera eso… el pasado domingo una de mis amigas me contó que su hijo de tres años, se había pegado un trompazo tan grande nada más pisar la calle y arrancar a correr, que casi terminan la carrera en urgencias. Pobrecito mío, le pudo la ilusión. Y temo que me pase a mi también. Pero como afortunadamente la experiencia es un grado, y en esto de caerme en toda clase de situaciones, tengo experiencia acumulada, pienso salir a las 8 de la mañana de casa e ir camuflada con gorra, gafas de sol y mascarilla para ante una eventual caída, no ser reconocida.

El resto de mi estrategia, está aún por definir. Eso sí, conozco bien las líneas rojas: 1 vez al día, a 1 kilómetro de casa como máximo y durante 1 hora. Respecto a mi recorrido, improvisaré después de haber comprobado cuáles son los límites de ese kilómetro a la redonda que nunca antes me hubiera cuestionado. La clave es aguantar corriendo durante esa hora con la mayor dignidad posible, que no es poco, teniendo en cuenta la docena de cuasientrenamientos de alto riesgo que llevo practicando durante los últimos… ¿40 días? Yo qué sé. Si hasta he perdido la cuenta.   

Soy consciente de que sufriré, de que volverán los dolores y el maldito flato, pero se me siguen apoderando las ganas de salir a la calle y correr sin rumbo como Forrest Gump (claro que él estuvo corriendo 3 años, 2 meses, 14 días y 16 horas y yo solo tengo 60 minutos). Da igual. Correré y lo daré todo. Y sí, al día siguiente no podré con la vida, pero pienso volver a salir. Y si en lugar de correr tengo que andar rápido y raro como hacía en su día cierto expresidente del gobierno (allá cada uno con su imaginación que yo no digo nombres), pues cambiaré de estrategia. O igual me vengo arriba y apuro el kilómetro a la redonda y llego hasta el Puente de Santiago. A lo loco. Y subo y bajo puente arriba puente abajo todas las veces que pueda durante una hora (que serán tres, como mucho).

De momento, voy a ir asumiendo que mis viejas mallas de runner no son una opción para correr y no morir en el intento y voy a buscar otras por internet. Más vale que lleguen a tiempo o me tocará correr en pijama. Y más vale también que las hordas de padres insensatos se tomen lo de salir con niños más en serio lo que queda de semana, porque como nos quiten lo de salir a correr el día 2, grito a los cuatro vientos que los Reyes son los p**** y se lía gorda. Que estoy mu’ loca.  

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