El Muro por Juan Romero

Hace calor. El dolor de las piernas es insoportable pero mi vanidad conseguirá que parar sea una deshonrosa solución a mis patentes problemas. Me he puesto en berlina voluntariamente y ya sólo me queda rezar.
Ese kilómetro. Me estaba esperando y sabía perfectamente que sería mi dueño y yo su incómodo huésped. Quieto, silencioso y al acecho, dispuesto a robarme hasta lo que no era mío pero que yo pensaba defender como si lo fuera. Igual que las flores secas ya no pueden perfumar, lo que restaba de la carrera era un amargo rato de penurias y de muerte.
Sin marcha atrás es mi cuerpo como un tronco arrastrado por la fiereza de la corriente precipitándose en la espumosa catarata que ríe tantos meses de preparación. Mis previsiones entran en un mundo seco (como el que me circunda) y están esperando que mi capacidad de improvisación haga que en éste día de emociones fuertes me vaya a la cama con una lánguida sonrisa haciéndome de almohada.
No es momento de arrogancia ni de desesperanza. No cabe ninguna de éstas en mi cabeza porque no solucionan el problema acuciante de supervivencia. Esta carrera es así de canalla. Te exprime durante meses y te da la espalda si no sabes cortejarla.
Y se me amontonan los deseos de seguir viviendo. Me impelen a seguir desgranando metros como beata que rueda por entre las cuentas de su santo rosario, monótonas y sin brillo. Y a puro amontonar se me acrecientan los motivos para quererme porque son los únicos que harán de mi vida una huida de la muerte. Y me repito saboreando cada palabra: “Juan, te quiero”. En un primer momento ésta frase me suena rara, en otra ocasión hubiera sido una muestra de narcisismo vergonzante. Ahora es la más palpable muestra de mi afán por sobreponerme a la tentación tangible y vergonzosa de claudicar.
Las carreras largas es lo que tienen: la capacidad de arrostrarnos denodadamente por ser otros y reinventarnos. Porque si fuéramos el de todos los días, el Clark Kent que pasa desapercibido entre la masa, no nos meteríamos en esto.
En momentos como éstos se hace más patente que hemos elegido (y por tanto desechado una infinidad de encarnaciones). Que nos hemos separado de la normalidad para hacer algo sumamente inútil. Andando en inutilidades durante años sin saber hasta ahora que lo que empezó como una fuerza irrefrenable, ha acabado siendo una vocación que nunca elegí conscientemente. Porque mil vidas viviría pero me tocó una y la quisiera vivir    intensamente.
Pienso en la volatilidad de las relaciones personales frente a la rocosidad inmóvil del paisaje, a la insultante hostilidad que supone para mis pobres piernas. Porque éste sempiterno hobbie me ancla dentro del marasmo que es mi cuerpo. Mi mirada se endurece y está fija pero en nada concreto. Sigo repitiendo mi mantra: “Juan, te quiero” y exudo gotas de amor fraterno.
Me asombro observando la vida por encima del hombro en la atalaya sobre la que se apoya mi mentón y con descuido a veces se amodorra. Porque a dos centímetros todas las caras son iguales y  el amor acampa, conteniendo la misma expresión arrebatada y sincera, audaz y humilde. Lo mejor siempre está por llegar. A los estetas la belleza nos encuentra, a bocanadas, en los momentos más perros. Se trata quizá de la única forma en el que el más común de los mortales, en cualquiera de sus días o de sus noches más ordinarias, puede elevarse a una altura perturbadora y transformarse en una suerte de descanso, un olvido, una tregua, una ampliación del plazo y, por qué no, una huida de la vida cotidiana hacia los territorios celestiales, y así aspiro, con tacañería, el aroma leve y placentero que tiene todo lo valioso.

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